Antonio Di Benedetto (1922-1986) es sobre todo conocido por una novela, "Zama" (1956), dedicada a las "víctimas de la espera" y en la que se ha señalado uno de los momentos decisivos de la literatura argentina. Alrededor de ese texto gira una obra narrativa aún poco difundida, que como dice Juan José Saer "no tiene seguidores ni epígonos" y deslumbra, desde ese lugar solitario pero accesible para cualquiera que se interese por la buena literatura, con la promesa de nuevos desarrollos. La reedición de "El silenciero", que acaba de publicar Adriana Hidalgo editora, contribuye a ese reconocimiento aún pendiente y a la vez tiene el valor de recuperar una obra de lectura necesaria. La novela, cuya primera edición apareció en 1964, forma parte de una trilogía con "Zama" y "Los suicidas" (1969), otro relato de inusual belleza. En un movimiento común, los protagonistas de las historias de Di Benedetto se encuentran en principio ante lo que se llamaría un problema, un episodio aparentemente mínimo pero que basta para poner en suspenso sus vidas. El desarrollo de la narración no supone el ámbito donde ese conflicto se resuelve sino más bien todo lo contrario: el incidente mínimo se ramifica y expande hasta constituirse en una situación sin salida. Así como en "Zama" la espera de un funcionario por su cambio de destino se extiende hasta el punto de llegar a una situación en que ese traslado se hace imposible, en "El silenciero" la obsesión de un hombre por los ruidos, en vez de quedar en el ámbito de una cuestión doméstica, se profundiza en un dolor que no parece tener más remedio que la muerte. El protagonista cumple la actividad social de una persona común: vive en familia, corteja -aunque con cierto retorcimiento- a una mujer, trabaja en una oficina. Lo más propio consiste en el sueño de escribir un libro sobre el desamparo, para el cual tiene ya el título -"El techo", una ironía amarga en el marco de la historia- pero ninguna página escrita. El ruido aparece como el factor que impide la concreción de ese proyecto y poco a poco revierte en algo que afecta decisivamente al ser, que no deja ser, que debilita y aparta de los demás. "La soledad es una forma de protección -decía de Di Benedetto-, una coraza contra la destrucción y contra el golpe ajeno". Pero a la vez resulta algo que aprisiona y sofoca. La escritura de ese libro se posterga sin término, aunque en esta frustración no todo es displacentero. Algo que se trama en la demora complace al personaje y alimenta su parte más oscura: lo entretiene, le permite divagar con libertad y sin compromisos, dado que tiene una coartada para no actuar. En este plano, ese libro fantasmal funciona con el mismo sentido de los sueños y las parábolas, a los que el protagonista es afecto, como otras criaturas de Di Benedetto: allí se abre un abismo que permanece velado para los otros y en el cual el personaje encuentra y muestra claves de su condición, en una comprensión que sin embargo no le sirve para recuperarse. Lo mismo ocurre en su relación con Besarión, un amigo cuya extrañeza no resulta de un comportamiento maníaco -como aparece en la superficie- sino de ser un doble del protagonista. "Lo observaré como un testigo impasible -se promete el narrador-, como si él representara esos aspectos de la vida que uno padece y que no entiende", pero su extrema lucidez jamás se corresponde con sus acciones. Por el contrario, las últimas líneas del relato prolongan indefinidamente el sufrimiento: "La noche sigue... -se dice- y no es hacia la paz adonde fluye". En principio se trata de los ruidos molestos de la cotidianeidad y el personaje procede como un vecino quisquilloso: acude a las instituciones públicas, invoca los mandatos de la ley. Más allá de esa anécdota se afirma un segundo plano, donde el ruido supone el fundamento de un cuestionamiento de la existencia humana. El hombre, dice el narrador, es "hacedor de ruido", una perturbación ajena a los sonidos en que se recrean el cosmos y la naturaleza y que por otra parte simboliza el mal que media en las relaciones humanas. Las cuestiones éticas fueron una preocupación insistente en Di Benedetto, desde los cuentos de "Mundo animal", su primer libro, donde eligió las fábulas al estilo de Esopo para dejar sentado su crítica moral al orden humano. En este caso, sin afirmar creencias ni confiarse a las instituciones, el narrador apela "ante quien pueda mejorar al hombre", para que "el hombre no haga daño al hombre". "La novela -ha declarado Di Benedetto- tiene que estar construida con palabras y un ordenamiento gramatical que corresponde a un buen conocimiento del idioma. Por otro lado, existe una ley fundamental: economía. Economía de las palabras, no abundar en ellas y, por el contrario, elegir la que sea más precisa y la que más exprese. Esa es la ley". Y la clave de su obra extraordinaria.