Hace poco más de mil años, una dama al servicio de la Emperatriz, con todo el tiempo del mundo por delante, se puso a escribir las ocurrencias, reflexiones y anécdotas que le inspiraba la ociosa aunque rigurosamente pautada vida de la corte Heian, en la ciudad luego llamada Kioto. El resultado es El libro de la almohada, una de las primeras obras maestras de la literatura japonesa, nunca hasta ahora editada en español, hoy accesible gracias a la traducción de Amalia Sato. Un linaje de signo femenino parece acompañar el trayecto histórico de una obra realizada con esa caligrafía de líneas suaves, de "mano de mujer", que en el ambiguo mundo de las cartas de amor desarrolló la típica escritura fonética de Japón. El filme Escrito sobre el cuerpo (The Pillow Book), de Peter Greenaway, quizás haya despertado hace pocos años la curiosidad por este clásico, aunque los fragmentos que allí cita el director son difíciles de hallar en el libro y en algunos casos pueden ser apócrifos. Por otras citas textuales, El libro de la almohada bien podría merecer una película aparte: "He cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente, y comienza a roncar". No es el inicio de un cuento, sino una observación suelta en el marco de un conjunto de segmentos de una coherencia impecable. Donde también se dice: "Un buen amante se conducirá con elegancia tanto en la oscuridad como en cualquier otro momento". Sei Shônagon fue el apodo de una mujer de no más de treinta años que trabajó como ayudante de menor rango de la casi adolescente emperatriz Sadako en la década de 990. Culta, inteligente, engreída: las descripciones de quienes la envidiaron y/o detestaron coinciden con la imagen que uno puede hacerse al leer su diario. Pero éste no sólo tiene el mérito de ser una de las dos primeras obras canónicas de la literatura japonesa (la otra es el Romance de Genji, de Murasaki Shikibu). Además, su aparición diseña un nuevo campo: el ensayo digresivo, fragmentado en microrrelatos, catálogos, impresiones, con el tiempo desarrollado por los monjes budistas para obras de intención doctrinaria. El libro de la almohada, con su despreocupada frivolidad, no es el diario de una mística. Sin embargo, para textos como las Tsurezuregusa (en español, Ocurrencias de un ocioso) del eremita Yoshida Kenko, Sei Shônagon siempre ha sido la primera referencia, fuente de inspiración y cita ineludible. Creadora de un género, la autora tuvo la libertad de incluir sentimientos, prejuicios, recuerdos, clasificaciones, caprichos, pautas de conducta, transgresiones, sarcasmos y consejos. Los repertorios o listas exhaustivas (de cosas sórdidas, encantadoras, deprimentes, odiosas, raras, vergonzosas) se alternan con meditaciones sobre temas de la naturaleza, conmovedoras escenas de amor y llanto entre pájaros y equívocas situaciones de infidelidad y seducción en la Corte. Hay tormentas de nieve, cielos de luna llena y pétalos de perales "con un tinte rosa tan tenue que no podría asegurar si existe o no". El amante de una mujer emprende su regreso en medio de la noche para escribir el poema que exige la etiqueta amorosa y enviárselo a ella antes que el rocío se desvanezca en las enredaderas. Se¡ Shônagon observa atenta, disfrutando de la descripción de lo sutil, lo divertido e inconveniente, el detalle mínimo de esa manga más larga en un vestido o aquella trenza que el encuentro nocturno ha dejado en desorden. Puede leerse a este conjunto de texturas a lo largo de diferentes cortes. Hay una mirada sobre el varón, la mujer y las relaciones de género que parece atípica para su época y condición social. Sei Shônagon se planta ante los hombres con altivez, como pares o subalternos intelectuales. Por un lado, confiesa su desprecio por las amas de casa que sirven a sus maridos; por el otro, critica a los varones que consideran frívolas a las mujeres que sirven en la Corte. Y defiende la soltura con que actúan esas damas del palacio, con su hábito de mirar a los ojos sin diferencia de rango, o su derecho a no permanecer escondidas detrás de biombos y abanicos. A la lectura feminista podría sumarse una que dé cuenta de las condiciones de clase: la abierta burla a los plebeyos y la sobreactuada admiración por las personas de alcurnia parecen maniobras de un plan estratégico de posicionamiento social. La autora se sorprende -casi a punto de desmayo - de que un "vulgar plebeyo" pueda recitar un espléndido poema. Se emociona ante las mujeres buceadoras que se sumergen en el mar para ganarse el sustento. Y odia al "hombre que sin ningún encanto especial habla de modo afectado y adopta poses de elegante". Desde su lugar de asistente, subordinada pero con una peligrosa proximidad con los poderosos, Sei Shônagon se presenta como un sujeto con absoluta libertad de expresión, capaz de emitir juicios, preferencias y aversiones sobre cada uno de los aspectos de la existencia. Para su traductora, allí puede verse la marca de originalidad: "Es un individuo, no una vulgar dama de la corte", dice Amalia Sato. "Su capacidad de opinar es un gesto moderno". Lo que más sorprende es que, en el entorno rígidamente codificado del palacio imperial, Sei Shônagon pudiese cultivar ese grado de emancipación, no a pesar de las reglas ni por disidencia o desobediencia, sino mediante la absoluta aceptación de estructuras percibidas como inmodificables. Púrpura es el color del Emperador, y el de los pantalones del Sexto Rango de Cancilleres; por lo tanto, todo lo púrpura será espléndido. Por momentos, su estrategia parece ser la de sobrecodificar la conducta social hasta el absurdo para reírse última y mejor. Considera embarazoso "haber hablado sobre alguien sin sospechar que podía oírnos". Raro que un sirviente no hable mal de su amo. Y detestable que una persona se desee salud a sí misma después de estornudar. Pero confiesa: "En verdad, abomino de todo aquel que estornuda, excepto si es el dueño de casa". Luego, ella misma establece reglas que reducen las pautas al disparate: "Los niños pequeños y los bebés han de ser regordetes, así como los gobernadores de provincia y los que hayan triunfado en este mundo, pues si son delgados y enjutos, una sospecha que tienen mal genio". El carácter fragmentario de El libro de la almohada dispara múltiples posibilidades de uso. Pueden hallarse aquí muchas de las innumerables tretas que ante el poder desarrolla la astucia del débil: "Nunca pensé que estas notas serían leídas por nadie salvo por yo misma, y por eso incluí todo lo que se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuese". También hay descripciones de festividades y costumbres de época como material de referencia histórica, y abundantes ideas de manual de estilo con repertorios completos para ejercicios de taller literario. Sobre todo, se trata de un texto para ser leído en largas horas, que puede abrirse una y otra vez, dejándose encantar por el ligero ánimo contemplativo que observa con deleite ese paisaje condenado a ser siempre lejano y exótico, aunque fuera el lugar de nacimiento de una subjetividad que mantiene vigencia mil años más tarde.