No nos engañemos con una lectura superficial del título, no sirve para dormir. Sí para reflexionar, hoy y ahora, en que mientras Europa se mantenía, durante el siglo X d.C. en cierta penumbra intelectual, para decir lo menos, y sólo contados personajes, sobre todo clérigos, sabían leer y escribir, en el Extremo Oriente ya hacía unos cuantos siglos que, gracias al estímulo proporcionado por las vecinas culturas de China y Corea, una civilización de rasgos exquisitos, fuertemente coloreada por una visión aristocrática de la sociedad y los hábitos, florecía. Una literatura producida por mujeres dominaba entonces el panorama. Y si las Cortes de Amor (otra concepción femenina) apareció en Francia en la segunda mitad del siglo XII, en un marco más limitado, en Japón adquiría prestigio la autora de la primera novela japonesa Murasaki Shikibu con su melancolía vertida en Genji Monogatari, lo hacía también, según los datos proporcionados por la traductora y prologuista Amalia Sato, Sei Shônagon, nacida en 966 y muerta en el primer tercio del siglo siguiente. La autora de este libro, que utilizaba ya una escritura fonética desarrollada a partir de los ideogramas chinos, el hiragana, era ayudante de menor rango de la emperatriz Sadako (976-1001). De buen familia, de otro modo no hubiera podido acceder al cargo, escribió, con soltura, inteligencia, sensibilidad y gracia, acerca de sus experiencias como testigo de lo que sucedía en esa corte, ceñida a rituales estrictos, ceremonias, fiestas y risas abundantes. Sei Shônagon, que también escribe en prosa, era una observadora sin pelos en la lengua, aunque atenida a una discreción elemental, y a lo largo de las páginas de su libro no hay nada, o muy poco, que se parezca a una novela. Aquí campea un clima de intimidad y la composición no es lineal ni posee intrigas o personajes en desarrollo. Está escrita en primera persona, dividida en capítulos generalmente breves, y la temática es variada, y está vigorosamente impregnada por una idiosincrasia femenina. Como dice acertadamente la prologuista, se trata de "ensayos fugaces, descripción de emociones, apuntes autobiográficos, emociones o poemas carentes de una orientación predeterminada, una dispersión del sujeto en fragmentos". Sei Shônagon, aparte de su inteligencia penetrante, no dejaba de ser vanidosa y afecta, a juzgar por lo leído, al chisme. Pero sus retratos de los hombres y mujeres de la corte son animados y atractivos. Es claro que le interesa la conducta de los seres que muestra con trazos entre admirativos y cómicos, y no es inmune a los poderes de la fuerza masculina (al parecer las costumbres eran bastante libres en cuanto a las relaciones entre ambos sexos), pero todo debía seguir el curso que los códigos prescribían. La naturaleza tiene también su parte (estaciones, sol, luna, nubes, árboles, flores, lluvia, agua, etc.), pero la emoción suscitada por estos espectáculos variados se orienta hacia lo estético, como que esta cultura lo era de un modo aplastante. En este sentido, trajes, atavíos, adornos, colores de las telas ocupan un lugar importante y definen a sus portadores. Y uno de los rasgos más significativos es que la numerosa galería de personajes, además de una memoria prodigiosa para retener versos de poetas japoneses o chinos, tiene una facilidad pasmosa para componer en toda ocasión poemas propios que, en la traducción, poseen un encanto indiscutible y provocan a la envidia. Una envidia sana, se entiende. Pero todo esto pasó, y es muy problemático que regrese.