Hay escritores cuyas obras están (calculadamente) destinadas a ser explicadas según categorías ajenas a la literatura. A los buenos de verdad, en cambio, someterlos a lecturas estrechas es como ponerles chalecos de fuerza que sus obras dejan en ridículo. El problema con ellos es que es difícil, incluso inútil, explicarlos, y explicar de qué manera incorporan el aquí y el ahora. La uruguaya Marosa Di Giorgio está del lado de los buenos. A lo largo de esta década, sus presentaciones en vivo y la lectura artesanal de sus textos registraron una enorme adhesión en Buenos Aires, y su incidencia sobre el trabajo de muchos poetas es incuestionable. Recién ahora, curiosamente, se publica por primera vez un libro de ella en la Argentina. Marosa, ya desde el sintagma extraño y familiar que la designa, se hace de un aura mágica. “Una monja un poco gitana”, dijo una vez de sí misma. En sus recitales su tono de voz bordea, siempre airoso y exultante, una hechicería berreta. Desde ahí se las arregla para armar una maquinaria poética singular y poderosa. ¿Es Reina Amelia una novela? Como ocurre con los relatos de Aira, contar el argumento de un texto de Marosa Di Giorgio resulta siempre inconducente. El impulso con que se inicia es el mismo que la lleva hasta el final: entre medio, infinidad de cópulas, muertes, partos y transfiguraciones de una gran cantidad de personajes -por así llamar a esas superficies planas cargadas de imágenes. La historia tiene lugar en la ciudad de Yla, gobernada por reglas que, a la manera de Alice in Wonderland, incluso a la manera del denigrado Tolkien, rompen con la lógica occidental. Reina Amelia no es una novela, desde ya. Es un texto experimental porque acaba con toda tensión narrativa -aun cuando lo que hay en él sea un vértigo incesante de acciones. Pero en el contexto de la obra de Marosa, esta primera novela no viene a romper, sino a continuar, a reforzar la radicalidad y la unicidad del conjunto. Reina Amelia es más bien un trip perturbador donde la madeja de imágenes en perpetua deriva hace imposible cualquier lectura que intente saltar la minucia delicada de la palabra para captar lo global. Como una novela de Kafka, Reina Amelia es capaz de soportar cualquier lectura, de servir como recipiente para cualquier asociación metafórica cerrada. Pero el lenguaje de Marosa no intenta consolidarse en la solidez de categorías que ilustren “otra cosa”, sino que trabaja desplazándose. Según la felicísima definición que hace unos años hizo de ella Mirta Rosenberg, la de Marosa es “una voz encerrada en el cuarto de juego de unos niños letrados y muy viejos”. Una imaginación pululante, sin vacilaciones, atenta al ritmo y al sonido pero creadora a la vez de una consistencia diáfana, a través de series de “operaciones simples”, se reproduce a sí misma en torno de zonas temáticas cruzadas (niños, sexualidad, el reino vegetal, los alimentos), con extraordinaria felicidad. Ahora que se espera con ansias la publicación de sus papeles reunidos, ojalá que no pase como con Juan L. Ortiz, Perlongher y tantas bandas de los ’70 (no así con Borges), cuyas obras, por obra de la edición “completa” o remasterizada, se tornaron legibles, categorizables, fueron digeridas por el enano complaciente.