En la frase "Una carta es gran consuelo para mí" Vincent Van Gogh sintetizaba a su hermano Theo la realidad que representan las más de seiscientas cincuenta cartas que le escribe sin otra interrupción que el breve período en que están juntos en París entre 1887 y 1888. Estas palabras son, también, confesión de la angustia que se puede leer en cada línea en la que Van Gogh describe su obra y cuenta su vida menos con una intención comunicativa que catártica. "Mi querido Theo" es el principio de una conversación tan animada y tan intensa que desmiente la distancia y la intermediación de la carta; incluso la despedida más frecuente es la singular e imposible "un apretón de manos". Esta proximidad es una de las muchas formas que asume la pasión que caracteriza el modo de estar en el mundo del pintor holandés. Dice Van Gogh más de una vez que lo importante es "dar la vida por algo". Sus cartas prueban cómo su vida se consume conscientemente para darle aliento a sus pinturas. Van Gogh_ define la vocación como "la confianza de ser una corriente potente que lleva a buen puerto, aunque haya que pagar con su persona" y la felicidad de "haber encontrado el trabajo que le conviene" hace que no se sienta "entre los desdichados". Van Gogh agradece a su hermano su confianza y su respaldo económico -que incluye la mención de la cifra enviada junto con cada carta-, lo consulta acerca de las obras que le envía en retribución a su financiamiento, comparte con él el curso de sus tareas y las impresiones que le merece la pintura, la literatura y hasta la vida cotidiana de las ciudades en las que vive y busca modelos y experiencias. Pero, además, Van Gogh aprovecha la intimidad de la relación fraternal para buscar respuestas para preguntas que lo inquietan con franca insistencia. La locura, el arte y el artista, la contemplación y representación de la naturaleza, el color, el descubrimiento de los impresionistas, su terrible amistad con Gauguin y la literatura de Zola son algunos de los temas a los que vuelve en distintas cartas escribiendo un ensayo fragmentario disperso en cartas desiguales más o menos extensas, circunstanciales o meditadas, familiares o documentales. Probablemente, en estas cartas se disfrute tanto de lo que ellas descubren sobre el artista y su obra como lo que corroboran para aquellos que conocen su arte. Porque ha quedado escrito su dolor de estar vivo -el hambre, la enfermedad, el amor- y con una ingenuidad y autenticidad conmovedoras pero también el revés de la trama de sus telas: la búsqueda del rostro y de la figura, de la técnica y de los materiales adecuados para cada retrato o paisaje; el hallazgo de unos girasoles en la vidriera de un restaurante en los que no deja de pensar sino hasta inmortalizarlos los en radiante amarillo.