(...) Las cartas de Van Gogh no son sólo el testimonio de la extraordinaria relación afectiva, espiritual y práctica que lo unió a su hermano Theo. Constituyen, además, una especie de manual para creadores (no sólo pintores), sobre todo por la insistencia en que describe su propio desgarramiento entre lo que siente y el peso hacia debajo de lo que vive, que terminó por triturarlo. No antes, sin embargo, de escribir estas palabras ardientes y lúcidas, o de producir una obra plástica que se impuso con la misma contundencia que la realidad de hombre y mujeres, zapatones, cielos en torbellinos o simples sillas que retrató.