Las reediciones señalan la cadencia con que un libro permanece: a cuarenta años de su aparición, El silenciero se muestra como una de esas (pocas) obras cuya novedad es de destilación lenta. Proust, Kafka, fueron casi invisibles en sus épocas y espacios, ocupados por tantos nombres ya olvidados. Es, a su medida-que es la del medio en nuestra lengua-, el caso de Di Benedetto. Juan José Saer sostiene que “en la literatura argentina (...) es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía.” Acaso hacía falta la consagración del propio Saer, cuya prosa es un campo de fuerzas similares a las que se tensan en Di Benedetto, para que las novelas y los cuentos de éste se leyeran bajo una luz atenta. Sí, Di Benedetto hace de la economía el principio constructivo del estilo. “Pido una manguera y es larga como me conviene”: en menos de una línea se contiene la solicitud, su satisfacción y el examen de ambas acciones. “Mientras espero, tomo un vermut. Dos”: del resorte apretado en esa inducción salta la borrachera que vendrá. De este modo se lleva a la prosa el principio activo de la poesía: la conciencia de la gramática como instrumento formal, eso que Auden llamó “la obligación de pensar dos veces” antes de escribir la frase. Es la vigilia sospechosa de todo automatismo de expresión, que constituye siempre el primer movimiento hacia la forma plena de sentido. Como es obvio, su talento para proceder de esta manera lo aleja de toda idea vulgar de “prosa poética”: lo preciso en Di Benedetto es lo que se elide, lo que no está. Si hay un adorno en la frase es la inteligencia que obró su concisión, la sintaxis vuelta instrumento expresivo en el fino cruce entre su matriz lógica y su inflexión subjetiva. No es la menor de las virtudes de Di Benedetto el que, lejos del previsible amaneramiento a que tal proceder lo abocara, resuena siempre en su prosa el idioma doméstico, una condensación de esa lengua coloquial mendocina que parece el castellano áureo hablado todavía en los patios y la calle. Por eso El silenciero, siendo una novela que se gana a cada página su contemporaneidad con el nouveau roma, está atravesada por ese dejo arcaico en la modulación de la frase, cuyo sabor castizo es genuino acento americano. La novela trata precisamente del silencio como objeto de la locura. La obsesión del protagonista por eliminar el ruido que lo persigue hasta su dormitorio lo arrastra, junto con su madre y su esposa a la búsqueda sin fin de un lugar en la ciudad invulnerable al sonido. Todo es tenue al principio, mullido de cotidianidad; pero se va haciendo progresivamente sofocante en la voz del narrador, oficinista paranoico, frustrado estudiante de derecho con sueños de escritor, que asocial el silencio con la posibilidad de componer un libro soñado: “lo tengo casi todo en la cabeza. Nada más me falta elegir la punta. (...) Después no escribo. Me dejo estar y me disperso.” El libro escrito, el desorden urbano sentido como afrenta personal, las miradas de las dos mujeres (su madre, su esposa) lo llevan a un acto de agresiva demencia, que la novela absorbe en la máxima tensión de su trabajo estilístico, con un final de ecos bíblicos y kafkianos. El antecedente de El silenciero es Zama, la más conocida y quizá la más importante de las novelas de Di Benedetto, ambientada en Paraguay a finales del siglo XVIII. Zama es la quieta y nerviosa peripecia de un corregidor que espera un nombramiento para trasladarse a algún lugar menos remoto del poder virreinal. En la humillación del sujeto reducido a aguardar una directiva emanada de un estamento, casi abstracto en su lejanía, pero de omnímodo poder, hay algo del espíritu del siglo, que está en Kafka y en Beckett. Saer, por su parte, la encuentra afín a La náusea y El extranjero, aunque “Zama es en muchos sentidos superior a estos libros”, porque no está escrita para demostrar la validez de las ideas filosóficas que la sustentan. En El silenciero, Di Benedetto alcanza la cima depurada de su manera y de sus temas, que equivale al punto en que parecen más naturales y sencillos. La ambientación histórica ha desaparecido a favor de una contemporaneidad de deliberada indeterminación espacial: hacia la página 75 se anota, y entre paréntesis, “estábamos en América”; es toda la localización que contiene la novela. El período gramatical es más breve, tenso y desnudo, y suena a una amalgama irrepetible de vanguardia y arcaísmo. Tal como seguirá sonando a cada relectura.