Unidos con una visa será fichado y deberá dejar sus huellas digitales al hacerlo. Personalmente, no tengo intención de someterme a tales procedimientos”: así comenzaba el breve artículo publicado por Giorgio Agamben en “Le Monde” en enero de este año, donde el filósofo italiano explicaba por qué rechazaba una invitación al país que, después del 11-S, recibe con un tatuaje digital a todo extranjero que pretenda entrar a un territorio donde-reflexiona Agamben-no un grupo de hombres, sino “la humanidad misma se ha transformado en una clase peligrosa”. El tono de la protesta es firme pero calmo, con la seguridad que da una posición largamente madurada. Es que no puede decirse que los bandos de George W. Bush hayan tomado desprevenido a un intelectual como Giorgio Agamben, que desde 1995, con la publicación de “Homo sacer I. El poder soberano y la nuda vida”, viene advirtiendo, en la senda de Michel Foucault, sobre la progresiva convergencia de la democracia moderna con los Estados totalitarios-como si Bus se hubiera dedicado a realizar, aplicadamente, lo que en Agamben eran todavía oscuros pronósticos filosóficos. El cuerpo biológico de la persona, no el cuerpo jurídico del ciudadano, es el blanco de refinadas técnicas políticas de control que, paradójicamente, producen una suerte de animalización del hombre, reducido a mera existencia desnuda, a vida despojada de todo valor político, vida que no vale la pena ser vivida y que puede ser eliminada impunemente (como la multitud de pobres que deambulan por Buenos Aires después de diciembre de 2001, masa desechable de ‘nuda vida’ despojada de cualquier derecho). “Estado de excepción es el segundo tomo de “Homo Sacer”. Tanto el régimen nazi como la situación actual que se vive en los Estados Unidos son estados de excepción: momentos del derecho donde se rompe el derecho para hipócritamente salvarlo. Agamben rastrea en la literatura jurídica y filosófica la progresiva puesta a punto de los mecanismos de un estado de excepción que se supone provisorio, pero que hoy se ha convertido en una forma paradigmática de gobierno. Los argentinos conocemos bien esos momentos de emergencia política o emergencia económica en los que el Estado se pone al margan de la ley, abriendo el orden institucional una brecha por la que desaparecen no solo adversarios políticos, sino franjas enteras de ciudadanos. Son momentos en los que la vida queda como rehén de un poder soberano que podría eliminarla, aunque se abstenga de hacerlo. A esta sentencia de muerte pendiendo sobre los vivos por parte de un poder no definido por lo que hace, sino por lo que podría hacer, Agambem opone el gesto de un héroe hecho a la medida de sus conceptos: Bartleby, el escribiente de Melville, aquel que “preferiría no hacerlo”, resistiéndose a actuar, reteniendo para sí la pura potencia de no. En efecto, preferiría no ir.