Tras el repliegue sufrido por las ideas de Benedetto Croce, la filosofía italiana ingresó en un cono de sombra que se prolongó hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. En ella y rápidamente, Italia volvió a imponerse como una cultura inspirada y prolífica en la creación de ideas filosóficas. Sin duda, Umberto Eco fue el gran precursor de este resurgimiento con un libro que resiste invicto, en lo esencial, el paso del tiempo: Apocalípticos e integrados. Pero a su nombre insoslayable se han venido sumando otros no menos protagónicos en el arte de pensar y hacer pensar: Gianni Vattimo, Vincenzo Vitiello, Remo Bodei y Giorgio Agamben están entre ellos. Este último sacudió el escenario del debate conceptual europeo con una obra que supo imponerse también como ineludible en América latina: Homo sacer. El título de este ensayo es, a la vez, el de un proyecto que abarca cuatro obras. Dos de ellas ya fueron publicadas: la citada Homo sacer (1995) y Lo que queda de Auschwitz (1998). Estado de excepción, ahora editada en nuestro país, es la primera parte de otro volumen venidero. La cuarta y última, según anticipa una de sus traductoras, Flavia Costa, reunirá, a modo de conclusión de la serie, las propuestas políticas de Agamben. ¿De qué se ocupa el filósofo en su Estado de excepción? Su tesis es ésta: el estado de excepción, que implica en principio la suspensión provisoria del orden jurídico, se ha convertido, en las democracias avanzadas del mundo, en algo paradójicamente permanente y en una modalidad de gobierno reconocible por su inquietante frecuencia a lo largo del siglo que acaba de pasar. En efecto, especialmente a partir de la Primera Guerra Mundial y hasta el presente en los Estados Unidos liderados por George W. Bush, el estado de excepción no habría hecho otra cosa que afincarse más y más, convirtiendo la normalidad jurídica en algo excepcional y haciendo de lo excepcional una norma. Quienes caen bajo el control impuesto por el estado de excepción desaparecen como sujetos de derecho. Convertidos en objetos de un poder omnímodo que nada reconoce adeudarles como personas, puesto que para él no lo son, pasan a constituir un puro vacío de significación cívica, nuda vida como propone llamarla Giorgio Agamben. La política a su vez, allí donde impera el estado de excepción, se convierte en biopolítica. Ello ocurre, según Agamben, cuando "el viviente se ve abandonado en manos de un derecho" que lo decreta sin derecho alguno y dispone de su vida en tanto ésta ha pasado a ser nuda vida. Disuelta su identidad jurídica, el ciudadano ya no es tal y la ley lo somete sin ningún acotamiento legal. Este homo sacer del pasado romano es para Agamben, en los días de hoy, no sólo el "musulmán" de Auschwitz sino también el extranjero al que las leyes de la nación donde reside dejan de brindarle protección y pasan a considerarlo, sin fundamento real, como sospechoso de mantener relaciones con el terrorismo que amenaza la seguridad de dicho Estado. Se trata, en consecuencia, de comprender "la profunda transformación producida en la constitución material, esto es, en la vida política de las así llamadas democracias en las cuales vivimos". Nada en el libro de Giorgio Agamben sugiere que, después de lo sucedido el 11 de septiembre de 2001, pueda haber retorno al estado de derecho pleno desde el estado de excepción. Y hay que decir que no son banales las pruebas históricas que reúne en favor de su pronóstico sombrío. No obstante, un hecho inesperado, recientemente ocurrido, vendría a matizar esta visión terminal del filósofo. Coincidiendo con la hipótesis de Agamben en cuanto a qué implica, como derrumbe democrático y jurídico, el estado de excepción, la Cámara de los Lores, máxima instancia judicial de Gran Bretaña, acaba de declarar ilegal la ley aplicada por su Gobierno que permite la detención por tiempo indefinido y sin juicio de extranjeros sospechosos de terrorismo. Leonard Hoffmann, juez integrante de dicha Cámara, observó que "la verdadera amenaza para la vida de una nación no proviene del terrorismo, sino de leyes como éstas". Y su colega, Lord Nicholls de Birkenhead, afirmó en apoyo de dicha declaración que "la prisión indefinida sin que se presenten cargos o sin juicio es un anatema en cualquier país que se atiene al cumplimiento de la ley". ¿Quién, en la Inglaterra de hoy, hubiera esperado de su ala más conservadora un pronunciamiento semejante en favor de los derechos humanos? Ni el notable libro de Agamben, ni este hecho excepcional deben ser desatendidos.