"Su arte demuestra que los irlandeses, a pesar de todas sus frustraciones, siguen siendo vigorosos, un pueblo de inmensa versatilidad, sutileza y multiplicidad de miradas", escribe Declan Kiberd en su "La invención de Irlanda", un libro que ha sido recibido con elogios en todo el mundo y que Adriana Hidalgo acaba de presentar en su versión castellana. Edward W. Said puntualizó que "rico en nuevas interpretaciones, investigaciones teóricas y relaciones audaces, el libro de Declan Kiberd saca a Irlanda de sus estudios y tradiciones étnicas y la coloca en el mundo poscolonial. Al hacerlo, el autor sitúa sus grandes tradiciones culturales donde entran en contacto no sólo con los textos principales de la literatura inglesa, sino también con escritores como Salman Rushdie y García Márquez". En su volumen Kiberd parece sustentar la tesis de que Irlanda fue rescatada por su cultura. Basta pensar en los autores literarios irlandeses ineludibles de toda historia literaria: Jonathan Swift, Oscar Wilde, W.B. Yeats, Elizabeth Bowen, James Joyce, Bernard Shaw, Samuel Beckett. Autores que se inventaron a sí mismos, "reiventándose padres de la misma forma en que estaban reinventando el pasado de Irlanda". ¿Qué extraños avatares hicieron que este país produjera una gran literatura admirada en todo el mundo, de manera que en los momentos de grandes crisis pudiesen observar a sus artistas para buscar inspiración y energía? Es verdad, de todos modos, que esos artistas se sirvieron de Inglaterra o de otros países para crecer. Oscar Wilde insistía en que era precisamente el contacto con las culturas de otros países lo que permitiría reconstruir una cultura irlandesa moderna. Los intelectuales irlandeses fueron muy conscientes de esa hibridización de su nacionalismo. El gran poeta W.B. Yeats, por ejemplo, estuvo convencido desde joven de que sólo en Londres lograría alcanzar trascendencia con su obra literaria. Como para otros tantos artistas, Irlanda era para él una "patria imaginaria", "el tipo de lugar constantemente inventado y reinventado por los exilados que temían que, si no le daban un sitio donde estar en las palabras, podría desaparecer por completo. Había cierta justificación para ese miedo. En una carta a Marx, Friedrich Engels había descrito la Irlanda pos-hambruna como `un absoluto desierto que nadie quiere", un lugar con una cantidad de grandes casas `rodeadas por enormes parques, extraordinariamente bellos, pero todo alrededor es tierra baldía"", y Kiberd anota que Yeats, como tantos otros artistas exilados, volvieron alguna vez a Irlanda para comprobar que su país todavía permanecía en su lugar. Es Yeats, también, quien puntualiza el principal problema que acosó a los escritores irlandeses: "En Irlanda, donde todavía se habla la lengua gaélica y en pequeña medida donde no ocurre así, la gente vive de acuerdo con una tradición de vida que existía antes del comercialismo y de la vulgaridad acarreada por éste; y quienes desearíamos conservar la lengua gaélica y los recuerdos y los modos de pensamiento gaélicos, los conservaríamos, según creo, para que algún día podamos mostrar una tradición que no genere ni gran riqueza ni gran pobreza, que haga de las artes una expresión natural de la vida, que les permita a los hombres comunes entender el buen arte y el pensamiento elevado, y adquirir las maneras refinadas que esas cosas pueden proporcionar, En cambio, la gran mayoría de los irlandeses provenientes de lo que se llama las clases educadas y acaudaladas buscan establecer una tradición de vida -perfeccionada y en parte descubierta por la gente que habla inglés- que ha generado gran riqueza y gran pobreza...". Es decir, Yeats establece con absoluta nitidez lo que significa una lengua, una cultura, una tradición propia, y una lengua impuesta como signo de "comercialismo", con su aumento de brechas entre ricos y pobres y con su aumento de la despersonalización y la vulgaridad. Según Kiberd el escritor irlandés debió enfrentar una elección esencial: si escribir para el público nativo -una tarea riesgosa y muchas veces ingrata- o producir textos para su consumo masivo en Gran Bretaña y Estados Unidos, es decir, escribir en inglés. Porque por otro lado pronto se demostraría que las virtudes de la clausura podían transformarse en signos de un provincianismo resentido y estéril. Fueron los mismos artistas quienes señalaron la importancia de una apertura, siempre. Más tarde sería Yeats mismo quien aceptaría como expresión la lengua inglesa y proclamaría: "¿No podemos construir una tradición nacional, una literatura nacional que, pese a ser inglesa en la lengua, sea no obstante irlandesa en espíritu?". En definitiva, ¿cuál es la lección que imparte este país que pasó por incontables crisis y peligros y que hoy ha avanzado hasta colocarse en la lista del primer mundo? Kiberd sugiere que la moraleja principal que podría ser aplicada a otros lugares y experiencias es ésta: "Si la cultura nativa de un pueblo es devaluada y destruida en nombre del progreso material, lo que sigue tal vez no sea el progreso material esperado, sino la confusión cultural y un sentido de la iniciativa disminuido. Los irlandeses prosperan extraordinariamente en el exterior, cuando son parte de una comunidad dinámica que cree en sí misma. En casa, durante las primeras décadas del Estado independiente, muchas veces parecieron estancarse por la pérdida de esa creencia".