Los textos que componen “Gestualidad japonesa”, del antropólogo y crítico literario japonés Michitaro Tada, aparecieron originalmente en 1970 como una serie de notas en el periódico de Tokio “Nihon Keizai”. Surgidas, según el mismo Tada, de un deseo de contemplar su cultura y su pueblo, esas notas, publicadas más tarde en forma de libro, realizan un lúcido recorrido por distintos comportamientos propios de la idiosincrasia nipona. Lo de Tada, sin embargo, no es la interpretación, el desciframiento, la verticalidad. Su relevamiento, contrapunteado con lo que muchas veces esos mismos gestos significan en Occidente, se mueve en la superficie, desmenuza las posturas y los movimientos corporales sobrevolándolos, con circunspección, elegantemente, sin otorgarles un sentido y una finalidad clausurantes. A diferencia de lo que sucede muchas veces con este tipo de estudios, esa timidez hermenéutica no tiene nada de defectuosa. Por el contrario: recorriendo la serie, sentimos que hay poco que agregar a lo que Tada comenta; o si hay algo más para añadir (siempre hay algo más para decir) ese apéndice terminaría siendo impertinente, falso, forzado. Pareciera como si esa timidez-uno de los comportamientos que Tada, por su lado, analiza en su libro-se adecuara impecablemente a su objeto, como si no hubiera otro modo-el silencioso-de hablar del lenguaje silencioso de los gestos, de la “existencia sin palabras”. Como los “haijin” (“hombres del haiku”), que perseguían, deshidratando y abriendo la escritura, la captura del presente en sus pequeños poemas, Michitaro Tada escribe asordinándose, humildemente, en primera persona (paradójicamente), como alguien que ha comprendido que es necesario desaparecer para atisbar, aunque sea un poco, la verdad inasible de las cosas.