El "silenciero" es -como escribe Juan José Saer en el prólogo de esta edición- "un neologismo admirable que ilustra la perfección conceptual de Di Benedetto y su capacidad para evocar las delicadas entonaciones del habla". Es, también, la pequeña historia del narrador-personaje sin nombre que vive en el encierro del ruido. Amenazado por los sonidos de un taller mecánico, de la radio y de la modernidad, su lucha es un inventario paranoico y, lejos de vencer al universo del ruido, lo congela y lo hace permanecer cual condena. La reedición de El silenciero de Antonio Di Benedetto propone un desajuste en un programa de lectura imaginario atento a las novedades. Volver las páginas de esta novela escrita en 1964 es, sin duda, el placer del tantas veces mentado "estilo inclasificable" del escritor: el laconismo de la frase, la prosa despojada al extremo de barroquismos retóricos para dejar al desnudo lo esencial: ir al punto con oraciones cortas que cuadren con el concepto filosófico sobre la existencia humana. Pero, también, es el libro que se espera leer porque proviene de una profunda necesidad personal del escritor. Quien lea o relea la novela del escritor mendocino actualiza esa indiferencia manifiesta ante la expectativa pública y a lo establecido. Ocurre que ninguna frase hace concesiones ni está de acuerdo con la convención, la opinión generalizada o el sentido común. Por eso es que está en tensión con cierta zona de la literatura menos preocupada por la experiencia de escritura, por la insatisfacción ante el hecho artístico, que por plebiscitar cada frase de antemano para lograr un reconocimiento inmediato. A Di Benedetto el reconocimiento le llegó tarde. Todavía hoy, la cultura argentina tiene una deuda aún no saldada con el escritor. Se sabe que los premios de los concursos provinciales y municipales que exhibía en las solapas de sus libros eran insatisfactorios para la grandeza de su obra. Son pocos los comentarios críticos que descubren a Di Benedetto en su momento -cabe destacar el de Jitrik, quien en 1959, a tres años de la edición de Zama, lo incorpora en un estudio sobre novelistas de la nueva generación-. En su prólogo, Juan José Saer arriesga una explicación beligerante y aguda, tal vez con ánimos de sacudir al adormecido sistema literario: "En un período en el que las largas oraciones supuestamente poéticas y el énfasis, los finales de capítulo impactantes y desbordes eróticos y existenciales estaban de moda, la sobriedad estilística de Di Benedetto, demasiado enredada en la maraña insidiosa de lo real para dejarse distraer por los artificios retóricos que ni siquiera acordaban con su temperamento, por haber elegido un camino personal, íntegro y lúcido, fue ignorada durante décadas por sucesivos e inter cambiables fabricantes de reputaciones". En este prólogo fechado en París en 1999, el autor de El entenado vuelve a la carga, como en la reedición de Zama de 1995, donde recordaba el triste final del amigo: "El elemento absurdo del mundo, que fecunda en cada uno de sus textos, terminó por alcanzarlo. Y sin embargo, hasta último momento, a pesar de la declinación física y mental, encaró, con la misma ironía delicada de sus años de plenitud, la inconmensurable desdicha".