La publicación de un libro puede ser un acto tímido y silencioso; la reedición, en cambio, es siempre un acto decisivo, estratégico y político. Una editorial recién nacida ha rescatado de un largo olvido esta novela que Di Benedetto publicó por primera vez en 1964; el magnífico prólogo de Juan José Saer completa la intención de ubicarla entre las obras centrales de la literatura argentina. Escrita después de Zama (1956) -su novela más importante- y antes que Los suicidas (1969), El silenciero comparte con ellas la construcción de protagonistas solitarios a quienes rodea una sutil amenaza. La forma de ese peligro difiere: en Zama es la espera indefinida (a la que sucumbía un funcionario menor de la corona española), en Los suicidas, la tentación de la muerte; en El silenciero, el ruido que se filtra a través de las paredes y distrae al narrador de su voluntad de pensar. No quiere distraerse para poder escribir, pero a la vez escribe sobre lo único que odia: el ruido. El mundo de El silenciero es un barrio algo alejado del centro de una ciudad que puede ser Buenos Aires o Mendoza en los 50; los problemas cotidianos -una inundación, una construcción vecina, la instalación de un ruidoso taller mecánico- se convierten, sin embargo, en signos de una aventura existencial. A través de los rasgos costumbristas, Di Benedetto no busca que nos identifiquemos con los percances domésticos; por lo contrario, quiere señalar la extrañeza fundamental que se esconde detrás de toda costumbre. Este extrañamiento, sumado a su prosa serena, a ese coloquialismo ligeramente desquiciado y esa atmósfera de vaga amenaza, compiten por demoler todo rasgo de realismo. La papelería y los trámites imposibles siempre estuvieron presentes en los textos de Di Benedetto. En Zama conocimos la burocracia colonial, de circulación misteriosa; en Los suicidas, los avatares de un periódico, y en El silenciero,la oficina donde trabaja el protagonista. Pero por sobre este sistema de organización está el otro: la secta. Di Benedetto nos habla, en El Silenciero, de la Organización, tal como la presenta Besarión, el amigo del narrador. La Organización, construida por su locura, le paga un viaje a Suiza para que se encuentre con Ludwig Lücke. Besarión asiste a veladas de gala en la ópera y a fiestas privadas. En todas partes pregunta por Lücke, pero nadie lo conoce. A lo largo del viaje, Besarión aprende algo de alemán; entonces se entera de que lücke significa vacío. A través de la disparatada amistad del narrador con Besarión se introduce un humor sutil que es la réplica de algo más grande: el desajuste entre las palabras y las cosas. “Las cosas temidas, si se apartan de nosotros, al ser nombradas regresan, porque confunden la mención con el llamado”, explica Besarión. Di Benedetto no habla del silencio, pero deja que el silencio nos explique algunas cosas que las palabras no alcanzan a nombrar. La solapa del libro promete la reedición del inhallable Cuentos claros y de Los suicidas (Zama todavía circula en la edición de Alfaguara). Así, Di Benedetto continúa dejando oír a los lectores sus monólogos alucinados, que avanzan a menudo hasta las fronteras mismas de la literatura fantástica. Allí, en esa línea delgada, se detienen. La ambigüedad, la decisiva ambigüedad, es su destino.