El desencuentro entre un padre y un hijo alimenta un dolor que marca para siempre las vidas de uno y otro. En El africano , el escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio ha buscado recuperar esa ocasión perdida por medio de la escritura. El resultado es un libro breve y admirable en el que cuenta parte de su niñez y de su adolescencia en Africa y en Niza y retrata a su padre con un estilo austero, que traduce en palabras el temple y las acciones de ese hombre al que llegó a entender cuando ya era tarde. Jean-Marie Le Clézio nació en 1940 en Niza. Sus antepasados eran de origen bretón, pero se radicaron en Mauricio a fines del siglo XVIII. Su padre y su madre eran primos. El padre había nacido en Mauricio, cuando la isla formaba parte del Imperio Británico, y dejó su tierra natal en 1919. En Inglaterra, terminó sus estudios de medicina en el hospital Saint Jospen en Londres. Como era becario del gobierno, debía hacer un trabajo para la comunidad y lo destinaron al departamento de enfermedades tropicales del hospital de Southampton. Pero apenas llegó, se dio cuenta de que los vínculos profesionales respondían a un protocolo burgués, casi victoriano, que no estaba hecho para él. Era un hombre que trataba a sus pacientes como iguales, que se interesaba no sólo por sus síntomas, sino por sus vidas, y que no toleraba las jerarquías absurdas que servían sobre todo para poner distancias. Pidió un destino en las colonias y pocos días después, lo asignaron a Georgetown, en la Guyana británica. Tenía entonces treinta años. Durante el período de juventud que vivió en Europa, el padre de Le Clézio disfrutaba las vacaciones porque le permitían viajar a París y vivir en la casa de su tío, oriundo de Mauricio como él. Además, en París, estaba la prima, con la que se casaría. En esa casa, la familia no hacía sino recordar los hermosos tiempos mauricianos y la historia ancestral en la isla. El territorio "salvaje" Mientras el padre, aún soltero, estaba en Guyana, se creó un puesto en Africa occidental bajo mandato británico. Se necesitaba un médico en el este de lo que hoy es Nigeria y en el oeste de Camerún. El joven graduado se presentó como voluntario y en 1928 llegó a Victoria, en la bahía de Biafra. Se quedaría en esas tierras veintidós años. Sólo las abandonó durante un corto período durante el embarazo de su mujer. Y cuando, ya jubilado, volvió a Francia, siguió viviendo como si estuviera en Africa, como si siguiera recorriendo los poblados o todavía atendiera en los hospitales del continente negro. Continuaba levantándose a las seis de la mañana, se ponía un pantalón caqui y un sombrero para ir a hacer las compras al mercado, regresaba a la casa para hacer la comida, que preparaba con precauciones higiénicas semejantes a las empleadas en un quirófano. Su dieta era la misma que la de las tribus con las que había convivido. Se ocupaba de todas las tareas domésticas, desde arreglar las baldosas rotas de su departamento hasta lavar, planchar y zurcir la ropa. El médico graduado en Londres, nostálgico de Mauricio, que apenas llegó a Africa abrazó con devoción el tipo de vida de los nativos, detestaba el régimen colonial implantado por los blancos y el tipo de vida que llevaban los colonos en las regiones costeras. Rechazaba la zona lujosa, de jardines impecables, de canchas de golf, de clubes donde los blancos se daban cita para emborracharse o aburrirse entre ellos, menospreciaba las casas que más bien parecían palacios occidentales levantados en una especie de limbo absurdo. No le gustaban los banqueros ni los administradores civiles ni los plantadores, en suma, la casta que vivía de un modo fastuoso, pero tampoco le agradaban los nativos asimilados, los profesionales y servidores vestidos a medias a la europea, cuyo sueño era pertenecer a la elite inalcanzable de la que dependían. La madre de Jean-Marie pensaba y sentía lo mismo que su futuro esposo. Cuando sus amigas parisienses se enteraron de que iba a casarse con su primo médico, le preguntaron, asombradas, si se iba a vivir entre los salvajes. Y ella les respondió: "¡No son más salvajes que la gente de París!". Al principio, el "africano" se instaló en Bamenda, en las altas mesetas de Camerún. Allí trabajó en un dispensario, asistido por monjas holandesas. La casa de los Le Clézio se llamaba Forestry House y tenía un techo de hojas. Ese fue el primer hogar del matrimonio en Africa. La equiparon con muebles tallados en madera de iroko y la decoraron con esculturas tradicionales del lugar. Esos muebles y esas esculturas los acompañaron a todos los lugares en los que se radicaron. Algunos de esos objetos terminaron en Francia, después de más de dos décadas. En 1932, el matrimonio dejó Forestry House y se instaló en Banso, en la montaña. Allí iba a crearse un hospital. Ese era el límite de la civilización occidental. Más allá empezaba el mundo "salvaje". El padre de Jean-Marie era el único médico en un territorio inmenso. Debía ocuparse de la salud de esos hombres y mujeres que lo veían llegar acompañado por su mujer. Para atenderlos, los esposos cabalgaban días enteros bajo el sol. Se veían obligados a cruzar ríos torrentosos y helados que bajaban de las cumbres. Cuenta Le Clézio que su madre montaba de costado, a lo amazona, como había aprendido a hacerlo en el picadero de París. Cuando llegaban a los poblados, los recibían los reyes de las tribus. La pareja llevaba la misma vida que los nativos. Comían las comidas locales, por supuesto, cocinadas bajo la vigilancia del médico, con la obsesión higiénica de un cirujano, y terminaban haciéndose amigos de quienes recurrían a él en busca de cura. El padre tenía un trato llano y cariñoso con los pacientes; podría decirse que el médico ejercía cierta discriminación paradójica: años más tarde, sus hijos, en la niñez, no recibirían de él la solicitud y la ternura que había desplegado con sus pacientes en los años de Banso. En esos largos viajes por las montañas, el joven matrimonio dormía por las noches en tiendas levantadas por ellos mismos. Se acostaban en camas tijera, protegidos por mosquiteros y, en las noches de fiesta o de celebración religiosa de los pueblos, escuchaban los tambores de las ceremonias. Dice Le Clézio: "Estaban enamorados. El Africa, a la vez salvaje y muy humana, era su noche de bodas. Todo el día el sol les había quemado el cuerpo y estaban colmados de una fuerza eléctrica incomparable". La voz de la ley En 1938 la madre de Jean-Marie volvió a Francia para tener a su primer hijo. Su esposo la acompañó y permaneció con ella hasta el final del verano de 1939. En ese período, no sólo nació el primogénito, también se produjo un nuevo embarazo. Esos meses serían el único intervalo europeo que se tomaría "el africano" hasta su jubilación. Regresó a su puesto de trabajo en el preciso momento en que estalló la guerra. De pronto, quedó aislado, apartado de su mujer y de sus pequeños hijos, que permanecieron en Europa. El gobierno británico le asignó un nuevo destino, en Ogoja, un pueblo grande en una hondonada, rodeado por la selva y separado de Camerún por las montañas. Los años en Ogoja cambiaron por completo al padre. Tenía a su cargo un hospital en el que nunca había tiempo suficiente para atender a los enfermos y a los heridos. Era imposible tener con los pacientes el mismo trato que les había dispensado a los nativos en sus viajes por las cumbres. Por primera vez, en esas salas desnudas de una institución, descubrió la mirada de miedo de los africanos hacia el médico. No lo conocían, no tenían confianza en él, lo veían amputar piernas, brazos y manos, aplicar inyecciones con una aguja de lata de cinco centímetros, cerrar los ojos de los muertos y oficiar la magia de la medicina occidental que, a menudo, también curaba. Pero no había tiempo para ganarse el afecto de los enfermos. Y entonces sobrevino la desilusión. "El africano" se dio cuenta de que había cumplido hasta entonces a la perfección el papel del "médico colonial", del representante "bueno" del gobierno británico, de los blancos. El había sido y seguía siendo una perfecta coartada para los crímenes del régimen colonial. Dice Le Clézio: "Mi padre descubrió, después de todos esos años en los que se había sentido cercano a los africanos, su pariente, su amigo, que el médico sólo era otro actor del poderío colonial, no diferente del policía, del juez o del soldado [...]. El ejercicio de la medicina era también un poder sobre la gente y la vigilancia médica era también una vigilancia política". Fue como si se hubieran desatado todos los demonios. En Ogoja, el padre supo de las guerras tribales, de la brujería practicada con venenos y amuletos y hasta oyó hablar de canibalismo. En 1948, la madre y los dos hijos se reunieron en Africa con el padre. Se había convertido en un hombre de una severidad temible. Los chicos, criados en Europa, mimados por los abuelos y por los cuidados maternos, desconocían la voz de la ley. La escucharon por primera vez en Africa. Al principio, los dos niños quisieron jugarle una broma al padre y le pusieron pimienta en la pipa. El médico que se desvivía por sus pacientes salió a cortar cañas al bosque para pegarles con ellas a sus hijos. Los pequeños Le Clézio comprendieron en una sola lección que ese hombre no toleraría ninguna falta de respeto, que las quejas, los llantos y las extorsiones sentimentales no iban a ser toleradas. El rigor paterno era justo, pero había en esa dureza ética una dosis de frustración. Había podido hacer muy poco para cambiar el continente de sus ilusiones y eso lo amargaba. Cuando le llegó la hora del retiro, "el africano", como lo llama Le Clézio, volvió a Francia con su familia. Su conducta no cambió cuando tomó contacto de nuevo con la cultura europea. Siguió exigiendo a sus hijos el respeto a la ley y el cumplimiento del deber casi con ferocidad. Los muchachos lo veían, a veces, como un enemigo. Le Clézio data el fallecimiento de su padre con un hecho determinante para un médico y para Africa: "Murió el año en que apareció el sida". Esa enfermedad consume hoy a un tercio de la población del continente africano y revela, una vez más, que nada cambió a pesar de la independencia política de las colonias. Las potencias occidentales no prestan la atención debida a los territorios en que siguen ejerciendo su influencia de un modo más sinuoso y, por eso mismo, más irresponsable. Volver a las fuentes Curiosamente, Le Clézio y su padre trataron de modos distintos de volver a las fuentes. En el caso de éste, hasta su matrimonio marcó la voluntad de no apartarse de los orígenes, de no salir del ámbito familiar. Dice el escritor: "mi padre y mi madre estaban unidos por ese sueño, eran los dos como los exiliados de un país inaccesible". En Guyana, donde debía ejercer su profesión de modo itinerante, el padre navegaba por los ríos y se detenía en los muelles de las poblaciones para atender a los enfermos. Su figura se hizo muy conocida entre los nativos. Siempre lo acompañaba una cámara Leica de fuelle. No cesaba de tomar fotos en blanco y negro con las que registraba la belleza de las comarcas que recorría. Muchos años más tarde, Jean-Marie, el hijo, apasionado por alcanzar no sólo las fuentes de su familia, sino las de la verdad, que buscó en la materia, en los ritos primitivos, en el éxtasis de las drogas (a la manera del poeta Henri Michaux), viajó por América, por Africa y por Asia. En esos viajes, recogió y recreó los mitos, las costumbres y las historias de otras culturas, que les darían sustancia a varias de sus novelas y de sus ensayos. Por supuesto, también navegó por los mismos ríos por los que había navegado su padre. Cuando volvió de las tierras americanas, le contó al viejo médico que había hablado de él con los indios viejos y que éstos no sólo lo recordaban; además, lo invitaban a volver: "A cambio de su saber y de sus medicamentos le ofrecían casa y comida durante todo el tiempo que quisiera". La respuesta fue: "Hace diez años, hubiera ido".