"Mi padre era británico, mi madre francesa, viví en la Isla Mauricio, Africa, Panamá, EE.UU., México... En Francia me siento tan extranjero como aquí", dice con una sonrisa disimulada Jean-Marie Gustave Le Clézio, escritor. Su pasaporte dice que nació en Niza en 1940. Llegó a Buenos Aires a presentar dos textos atractivos y finos. Escribió más de treinta libros y ahora podemos acercarnos a su prosa con "El africano" (Adriana Hidalgo), un retorno al continente donde trabajó su padre durante veinte años; y Urania (Cuenco de Plata), una novela que cuenta el viaje de un geógrafo francés a un México ilusorio. Habló en la Alianza Francesa y hoy lo hará en la Feria del Libro. "Siempre es posible la comunicación", sostiene quien es considerado el mejor escritor francés viviente. —En sus relatos suele haber problemáticas y reflexiones familiares, ¿se puede interpretar el pasado personal con la literatura? —Al principio escribía como si no tuviera familia. Mi familia podían ser los libros o la gente que encontraba en la calle. Después quise agrandar la familia. Escribir es una forma de agrandar mi familia. Necesitaba más amor, salir de la soledad. —¿Con El africano intentó comprender a ese padre alejado? —Si. Lo había comenzado con Onitsha. Es la misma historia pero una es una novela, y la segunda una biografía. En la primera, el padre era un hombre sin dimensión humana, un comerciante de una ciudad africana. La segunda surgió cuando una editorial me pidió una autobiografía y les dije que tenía la de mi padre. —Kafka, Kureishi, Auster, recuperaron a sus padres. ¿Usted también lo hizo en El Africano? —Probablemente sea una cuestión de edad. Me encontré con Borges en 1980 y conversamos sobre esto. Hablaba mucho de su padre que lo había formado. En los 80 estaba ciego, solo y necesitaba hablar de eso. Me asombró que quisiera hablar de su padre, de su familia británica. Teníamos algo en común. —Su libro describe Africa como un continente con vida propia que modifica a todo aquel que pasa por allí. ¿Es así? —Llegué a los 8 años y encontré por primera vez a mi papá. Después de la guerra, en Francia no había recursos, nada para comer: no había dulces ni frutas. Y en Africa, de golpe, encontraba un clima, tierra, prosperidad. Francia era pobre y Africa, rica. Hoy es al revés, pero entonces, llegando de un país en guerra, se tenía la impresión de que Africa era libre, y había comida. Es paradójico. —¿Cuando su padre volvió con su familia a Francia, seguía siendo un extranjero? —Si, y era un padre muy duro, autoritario. Se había formado en la escuela militar inglesa con mucha disciplina. No fue muy agradable con sus hijos. Pero después de mucho tiempo entendí que era un hombre generoso con muchas calidades humanas pero sin identidad. —Usted dice que sus padres fueron felices en su juventud. ¿Siempre lo vio así? ¿No magnificó sus recuerdos? —Ella estaba enamorada definitivamente. Era muy guapa, hija de la buena sociedad de París y se casó con un primo hermano que no tenía dinero, un pequeño oficial del Ejército inglés en Guyana... Una mujer tiene que estar muy enamorada para hacer esto, ir al Africa y vivir con él: sin luz, agua corriente, vivían en chozas, andaban a caballo. Eso era amor.