La de "El africano" es prosa viva. Late "al ritmo de los tambores que vibraban de debajo de la tierra", devela "ese segundo infinito en el que el médico ve cómo se apaga la vida en la pupila de un agonizante", exhibe un "conocimiento carnal de África". Es un relato de viajes y de infancia, de la relación de un niño con un padre a quien no conoce, y es un relato de amor a una forma de vida perdida para siempre. Ayudados por las fotos que ese padre sacó en su vida africana, los recuerdos se despliegan hasta que "esa memoria no es sólo la mía. Es también la memoria del tiempo que precedió a mi nacimiento, cuando mi padre y mi madre caminaban juntos por las rutas del país alto, en los reinos del oeste de Camerún". Y también es la memoria de todos: la de las vidas fracturadas por la II Guerra Mundial, la de los millones de muertos de un continente diezmado por los pozos de petróleo, en el que los estados ricos "se enfrentaban por procuración", mientras "se hablaba de cristianos contra musulmanes". Dicen que Le Clèzio es uno de los mayores escritores de habla francesa vivos.