La intensidad de este libro de Marosa di Giorgio impone dudas acerca de su género; al menos leerlo es olvidar felizmente ciertas convenciones. En Reina Amelia, cada frase nos enfrenta a una imagen, a esa imposibilidad del lenguaje para unir las palabras y el presente de las cosas nombradas. En otro lugar, Di Giorgio declaró: "Creo que todo es una imagen. El mundo es una imagen. Trabajo, pues, con estas figuraciones. Son rayos de un remoto centro." Pero justamente, en esa irradiación, en ese punto invisible de generación figurativa se originaría la unidad de todas las imágenes. El mundo es solamente una imagen, deberíamos subrayar; no una mera yuxtaposición de múltiples apariencias en una rotación casual, mecánica y azarosa como la de un caleidoscopio. El encanto de las escenas, la fascinante plasticidad de un erotismo que no excluye la comunión con la naturaleza, en ese mundo donde todo se convierte en otra cosa ante la solicitación incansable del deseo, la lectura en suma de esta novela que trata (de este tratado) sobre lo imaginario y la sexualidad (femenina, porque lo masculino sólo es un sexo erguido que no explicaría la posibilidad de la generación, de las apariciones que hacen que el mundo siga existiendo), todo incita a preguntar: ¿qué es una imagen? El poeta Yves Bonnefoy respondería: "Lo que persiste en nosotros de una obra cuando percibimos en lo que evoca algo que tiende a hacer de esos fragmentos de apariencias, escogidos sin embargo entre muchos otros, un mundo suficiente en sí mismo." Esa intuición de la unidad de la imagen anula la parcialidad que creíamos ver en cualquier representación. "El sueño, entonces, nos rapta, escribe Bonnefoy, a expensas de la necesidad de conocimiento. " El secreto de la escritura de Di Giorgio sería quizás esa obstinación en lo imposible, y su trabajo nos revelaría que el mundo no es un dato, ni un cúmulo de objetos o reinos, sino que es producido por el reino del lenguaje cuyo monarca se llama deseo. El espacio donde las niñas-santas, las niñas-flores que nombra un escriba misterioso, menstrúan, copulan, se embarazan o se entregan al martirio, se llenan de dicha o de melancolía, es el centro inaccesible de irradiación del mundo como imagen. Remoto antes que inaccesible, puesto que el mismo libro es el testimonio de un acceso perdido pero que volverá a repetirse, a abrirse una y otra vez. Después de la palabra "Fin", ese límite que promueve la comunicación del sentido, el silencio que dará paso en nosotros a la memoria de la novela alejándose, Di Giorgio añade un párrafo más, cuya última frase apela al retorno indefinido de sus figuras: "Vendrás otro día." En una palabra, si la representación siempre cae, presa de su insuficiencia, de lo que la excede, la imagen permanecerá porque sigue engendrando esa unidad del deseo que hace florecer al lenguaje. De allí la atracción que ejerce cada uno de los versículos, por así decir, de Reina Amelia, de allí que esas "construcciones casi sacras" instauren un ritmo donde la simple existencia, el cuerpo que las palabras a veces olvidan, se ilumina en medio de fiestas mágicas, en el sentido de que producen metamorfosis para situar en la oquedad de lo real, proyectándolo allí, el sueño de la reunión de los cuerpos, o sea, el impulso religioso sin dioses. Sólo podemos advertir algo más: el reino de Di Giorgio es de este mundo, no un paraíso, sino "una zona donde estaba un poco también lo terrible". Es lo real perdido, el tiempo vivido, esa fuente oscura que imaginamos para el surgimiento perpetuo de los seres como flores, de las mujeres y los hombres, de los animales y de los faunos que desean aun antes de aprender a hablar.