En lo maravilloso negro, mezcla de lo feérico y lo fantástico, inscriben algunos críticos la obra de la uruguaya Marosa di Giorgio. Es en ese mundo en donde lo onírico, lo mágico, lo mítico y lo divino convergen ofreciendo al lector una literatura que, según la autora, nace de las visiones y de una conciencia mística del arte. "En mi caso es un don, anunciado por un ángel con una frase nítida". Esa labor llevada a cabo en su poesía y en sus relatos se concreta espacialmente en la única novela de la escritora, Reina Amelia. La novela de la uruguaya se concibe, por tanto, como un encuentro con el resto de su literatura, una conjunción de poema y el relato formateada dentro de un género que ofrece la posibilidad a la escritora de acompañar a los personajes por su viaje iniciático a la madurez y de mostrar la interrelación de las protagonistas con el resto de los habitantes de la ciudad de Yla. Creando un espacio en el que cabe la oposición a cada una de las actuaciones de las señoras-niñas, dimanada por unos habitantes que responden a deseos ancestrales de la comunidad, y que resuena en el lector a las viejas costumbres cristianas. La autora construye, a través de ese marco, a caballo entre lo conocido y lo real, un mundo por el que el lector ha de caminar desentrañando los símbolos y recogiendo las imágenes con las que Marosa expresa su concepción literaria. La escritura, tanto por los personajes como por los lectores, es observada como una entidad reveladora y veladora de secretos que se escapan al entendimiento, pues Marosa conduce la escritura hacia el símbolo dirigiéndose a la totalidad sicofísica del receptor, motivando tanto sus sentidos como su entendimiento a través de imágenes intricadas en el universo evocador de la fábula. "Las reinas, esas damas de otra referencia, entre veraces e irreales, disponían de la vida y de la muerte. La primera, la más remota, decían, había sido mariposa". La sugerencia que transmite la novela abre un camino en el que se mezclan distintos lugares de la cultura ancestral salteña y viejos recodos de la cultura occidental, y en donde los signos de las religiones cristianas y paganas se invierten para narrar desde el mundo onírico y mágico del que parte la autora. Sin embargo, la magia narrativa de esta obra se encuentra en la utilización del lenguaje construido y forzado para ser el verdadero protagonista de la novela, pues la historia de Yla, rescatada en los anales de la ciudad, oculta y deniega las significaciones definidas, postulando en cada palabra y en cada oración un objeto único que ha de ser pensado aparte y que quiere ser plenamente significativo, pues es la mano de Marosa una artesana del cambio que transforma el lenguaje enrareciéndolo y posibilitándolo para obtener una significación nueva e inagotable. Obligando, mediante la indeterminación y el aislamiento de las palabras, al lector a detenerse para abarcar la complejidad de las entidades significativas. La autora elabora con cada pausa y con cada cambio lingüístico una significación totalizadora que se suma a otras como una cadena de significados independientes: "Las madres las habían bañado con agua bendita. En los cendales quedaron las cosas inhumanas. Silencio. Perdón. Olvido. Perdón. Olvido". Las actrices de Marosa, prototipos de cuentos, contribuyen también a la constitución del protagonista de la novela, pues en su camino a la madurez se convierten en significantes pasivos de sus acciones, conjugando a través de sus movimientos un escenario en el que se representan las evocaciones del lenguaje: "Ah, y la Señora Desirée reaparecía ahora en el pueblo dibujada en pequeñas estampas, no se sabía cómo, con bata muy roja y un aro de oro en torno al cabello. Estas estampas ¿quién las haría? Eran vendidas en las ferias, pero también en la iglesia, cumpliéndose así aquellos agüeros fugaces. Acacia es resurrección. Vendrás otro día". La escritura, puerta clave o "palabra llave", si utilizamos las palabras de Marosa, se encumbra entonces sobre el escenario y los personajes como un camino que rellena los huecos que deja la narración, pues la escritura adquiere valor en todas sus capacidades tanto como forma en donde se ancla a lo sagrado por lo que silencia, como comunicadora cuando se carga de significados por lo que cuenta: "A Lavinia le dio miedo mirar aquellas letras. El lenguaje era fosforescente parecía una poesía. Lavinia escondió la carta en muchos lados y optó por echarla al agua. Pero, la carta flotó. Y aunque se le borraron algunos caracteres decía lo mismo o más misterioso e incitador". Es la escritura marosiana un maremagno en el que se unen diversos terrenos discursivos que se afinan en un mismo contexto, vertiéndose para nacer uno nuevo al que el lector ha de llegar siguiendo las pistas, releyendo las señales, como un cabalista que busca en el nombre forma para abrazar la reunificación divina. El texto se transforma, entonces, en un almacén reflectante de lo que puede llegar a ser, poderosamente sugerente, en tanto que es pensador de sus herramientas por medio de la escenificación y de la denominación de sus personajes, y oferente de referencias extratextuales engarzadas al mundo de la magia y de la mítica, conduciendo al lector a través de un reino simbólico en el que se dan la mano los hitos de una conjunción de culturas, una vez estos han sido particularizados para que convivan en el orbe en que gravita la escritura de la autora. Un orbe que pese a su carácter narrativo novelístico se aleja de lo alegórico, de lo puramente intelectual, para adentrarse en el terreno de lo mítico, camino de la poesía.