No es fácil darle aliento a una voz narrativa. Exige descubrir un tono y sostener un ritmo. La voz enlaza al lector como si se tratara de un íntimo soliloquio. Y es lo que ocurre con algunas novelas o cuentos de la escritora argentina Hebe Uhart. La circulación de su obra es discreta, pero constante, y va obteniendo nuevos adeptos. Uhart no pretende explicar el mundo; tampoco nombrarlo. En sus libros se destila un presente que acecha, por fuera de lo que muestran los medios de comunicación: un presente hecho añicos, que conserva pequeños afectos y manías perimidas de una clase media castigada. Sus cuentos se sitúan en aquellas grietas de la realidad por las que se infiltran personajes sumamente contemporáneos. No es que se trate de personajes modernos, adictos a la fragmentación. Son, más bien, personajes residuales, hechos de lo que ya no existe, que practican un costumbrismo desencajado. Y el humor suele estar presente para evidenciar ciertas ridiculeces que perduran bajo la forma de rituales obtusos. Su nuevo libro es una muestra brillante de este ejercicio vital de la prosa, que, sin proponérselo, da cuenta de un estado de la sociedad, al tiempo que exhibe la intimidad del narrador sin ningún resguardo. “Turistas”, compuesto por nueve relatos, reafirma el lugar de Uhart en la literatura argentina: un lugar tangencial, singular y novedoso. Si bien algunos cuentos pueden relacionarse con “Embalse”, de César Aira, por ese afán de reflejar lo kitsch que puede ser cualquier intento de tomarse vacaciones, su obra es más ceñida y expuesta. Elvio Gandolfo se refirió a ella con muy acertadas palabras: "Uhart va construyendo un discreto lenguaje propio, que no se impone a lo percibido, sino que se origina en ese mundo". Por eso en sus relatos escuchamos la voz del que está pasando por cosas que no compartiría con nadie, por vejatorias, salvo consigo mismo. De allí que por momentos aparezca un humor de pacotilla para reflejar a una familia de porteños de vacaciones en Nápoles, a un alemán en Buenos Aires, arrastrando su particular sintaxis, o al dueño de un chalecito de la costa que quiso traerse un camello desde Egipto "para dinamizar la playa de la familia, para que se paseara por la playa, como atracción". La idea es bastante exótica, pero no por ello menos propia de personajes que confunden prejuicios con ideales, como aquel que intenta fundar un centro cultural y se enfrenta con inusuales ocupas. En este contexto, el lenguaje exige términos más chabacanos. Uhart apela a un lunfardo sin forzamientos. De pronto, hace falta una expresión como "no tenía gollete". Así habla la madre narradora al referirse a su hijo Leo, un adolescente que en vacaciones prefiere el cibercafé a cualquier museo. Lo interesante, volviendo a la voz que se hace escuchar en estos cuentos, es que no hay una condena del fenómeno de los cíber, por ejemplo, ni tampoco resulta antipático el jovencito que consigue una computadora en vez de contemplar a Giotto. Porque finalmente lo que más irrita al leer esta historia -que da nombre al libro, Turistas- es la insistencia de la madre en el reproche. Alguien, en algún cuento, define a los turistas como "esos puntos lejanos rojos y verdes". Esa fosforescencia de lo efímero no es propia sólo del que viaja con sus prejuicios a cuestas. Uhart combina lo extranjero con lo doméstico para dar cuenta de lo extraño.