El turista es un visitante apresurado que prefiere los monumentos a los seres humanos.” Con esta definición, Tzvetan Todorov delinea el estereotipo de quien va munido de su cámara de fotos buscando adecuar lo más posible los recuerdos de su viaje a las postales que se venden en una tienda de souvenires. Ese del que se han mofado hasta el cansancio los viajeros letrados. El esclavo de los contingentes, del color local, de lo kitsch, del pintoresquismo. En “Turistas”, su nuevo libro de cuentos, Hebe Uhart se vale, una vez más, del humor y la ironía para retratar las trivialidades y los clisés de ese mundo de viajeros. Un mundo que ella conoce muy bien, puesto que la crónica de viaje fue un género que cultivó en el periodismo, y que en su libro anterior, “Del cielo a casa”, ya se había convertido en centro de su interés literario. Tanto en el viaje a Nápoles en el que la narradora del cuento que abre el presente volumen exhorta sin éxito a su esposo y a su hijo adolescente, influenciada por lo que escuchó en un programa de televisión, a apartarse de la lógica de rebaño que define a ese tipo de viajero (“Turista es cuando vas donde te llevan como un borrego y no ves nada de lo que hay alrededor, como si tuvieras anteojeras”), como en otros dos cuentos en los que sus narradoras, en una operación inversa, aceptan un poco cínicamente las condiciones de un viaje a Mendoza y de una estancia en San Bernardo, de manera respectiva (la primera, yendo a una excursión a la montaña con un contingente; la segunda, amoldándose en su soledad a una ciudad que se da en llamar “la playa de la familia”), es el imaginario del turismo lo que Hebe Uhart manipula. Así, que alguien que siempre ha sido una turista típica pretenda, de buenas a primeras, hacerse pasar en Nápoles por una vecina más –como hace la protagonista de “Turistas y viajeros”–, denota el sesgo paródico del cuento y el colmo en que éste se cifra. Voluntad de asimilación que también demuestran, aunque en menor medida, los susodichos personajes de “La excursión larga” y “El departamento en la costa”, quienes por saberse a salvo de los rituales turísticos pueden entregarse a ellos sin ninguna culpa. Dueña de un ojo atento y caprichoso, y digna heredera de Silvina Ocampo y de Manuel Puig en la experimentación con lo banal, a Uhart no le interesa tanto relatar un viaje como contar los pormenores de lo que sucede cuando alguien viaja. Y es en ese corrimiento en donde el relato se desliga de su potencial de crónica que sus cuentos justifican el viaje como anécdota. Antes que lugares, es el ruido complejo y disperso que rodea al visitante lo que es puesto de relieve; el peso del matiz lo que concierne. Como en “Stephan en Buenos Aires”, un relato en el que el registro deshilvanado y vacilante de un alemán que narra su paseo por la ciudad turística (es admirable cómo Uhart se las arregla allí para escribir en español desde otra lengua) hace que de esa divergencia lingüística surja, ante lo familiar, la más pura extrañeza. En un ejercicio análogo consiste el que quizá sea el mejor cuento del libro. En “Bernardina” –la historia de una inmigrante paraguaya que termina como empleada doméstica en Buenos Aires–, es el trabajo con el idioma y la cadencia del guaraní, la construcción de una voz que incita por momentos a leer en voz alta, lo que revela las mayores audacias de una escritura que en su consabida sencillez se ahorra, algunas veces, el efecto estético. Un estilo desenvuelto y ajeno a cualquier solemnidad, que el lector agradece toda vez que se trata de cuentos que se leen con sostenido interés y con una sonrisa en los labios, por cierto, persistente.