Recientemente publicado por Adriana hidalgo Editora, “Turistas” es el nuevo libro de Hebe Uhart, una de las escritoras más personales que dio la literatura argentina. Uhart nació en Moreno, provincia de Buenos Aires, y comenzó a escribir de jovencita, mientras estudiaba filosofía. Trabajó durante años como docente primaria, secundaria y universitaria. Fue colaboradora de diversos diarios y publicó, entre otros títulos, el libro de cuentos “La luz de un nuevo día”; la novela “Camilo asciende”; el relato “Memorias de un pigmeo”; la nouvelle “Mudanzas” y las colecciones de cuentos “Guiando la hiedra” y “Del Cielo a casa”. Alejada de las aulas, Uhart sigue despuntando su veta docente a través de talleres que dicta en Buenos Aires y algunas ciudades del interior, una actividad que comparte con su rol de escritora a secas: “Soy docente de toda la vida, no puedo evitarlo, es algo que siempre me ha gustado mucho”. Catalogada por su colega Rodolfo Fogwill como "la mejor escritora argentina", Uhart despliega, en cada uno de sus escritos, un estilo fácil de reconocer, en el que lo autobiográfico se trenza con una asombrosa capacidad de observación. En diálogo con “Los Andes”, la autora habló sobre su último libro en el que hay un capítulo dedicado a Mendoza. -Hablame sobre la distinción entre turistas y viajeros... -Bueno, ésa una distinción que suelen hacer los organizadores de viajes o los periodistas que se dedican a los viajes. Dicen que un turista es una persona a la que llevan a todos lados, mientras que un viajero es alguien que viaja con criterio, que se no se mueve de la manera manejada de un turista corriente. Yo trato de romper un poco esa diferencia porque si bien no se puede negar que hay distintas formas de viajar, tampoco es una diferencia tan tajante. A la larga, el viajero termina como el turista dando vueltas por la calle principal de la ciudad que visitó; esa calle termina siendo como su casa. -En el primer cuento hablás justamente de eso... -Sí, elegí ambientarlo en Nápoles porque yo había ido y me gustó mucho. Varias de las cosas que se dicen ahí son reales. Yo viajé con dos amigas y una de ellas, cuando estábamos en un bar, pedía un "cortato" en vez de un cortado o decía "¿cuánto costi?" en vez de cuánto cuesta. Y eso, lógicamente, me daba risa y lo tomé como material para el cuento. En este libro en particular hay varios cuentos que son autobiográficos íntegramente. Por ejemplo el que habla sobre un departamento en la costa, o el que recuerda a mi novio borracho de cuando era joven. Ése lamentablemente también es verdad ¡cuatro años estuve con él! (Risas) o "La excursión larga", que transcurre en Mendoza. En ese cuento también todo es verdad: existe ese guía y existió esa excursión a la montaña. Son cosas que quise contar. -En algún momento del cuento en Mendoza decís: "Se sentaron paralelamente a mí, señal de que no me odian" ¿Realmente tenés ese tipo de pensamientos? -Sí, pero soy consciente de que son pensamientos fantasiosos. Creo que un viaje enseña cosas desconocidas sobre uno mismo, porque aparecen pensamientos extraños como éste y comportamientos distintos e inesperados. Yo estuve hace poquito en el sur presentando el libro y paré en casas de familias conocidas donde tenés que adaptarte a las normas de quienes viven allí. En una de ellas no se podía fumar debido a un problema de salud de uno de los dueños de casa. Yo dormía en un cuartito de huéspedes en el que tampoco estaba bien fumar, pero fumaba igual, escondiéndome como una adolescente. ¿No es un comportamiento extraño? (risas). Y bueno, me sorprendí haciendo eso. Son cosas bastante insólitas y a veces graciosas que pueden tener lugar en un viaje. -Muchas veces, cuando se habla de tu trabajo, se destaca el humor. ¿Tenés plena conciencia de lo que puede resultar gracioso? ¿Ejercés algún tipo de manipulación en ese sentido? -Para mí el humor mucho no se puede manipular. En este último libro varía de acuerdo a los cuentos. En el caso del cuento del centro cultural, por ejemplo, como está tomado de la vida real, yo podía intuir que iba a resultar gracioso porque cuando todo eso sucedía, a mí me daba mucha gracia. Cuando a mi amigo, que es el protagonista del cuento, se le llenaba el lugar de tipos que iban a tomar y él decía enojadísimo: "Esto no es una borrachería, es un centro cultural multidisciplinario", a mí me daba risa que tuviera a los borrachos pegados sin poderlos sacar. Entonces usé lo que me daba risa en la vida real, sabiendo que podía ocurrirle lo mismo al que lo leyera. -¿Pensás en un lector cuando escribís? -No, pienso más bien en un censor, en una persona muy exigente, a veces algún conocido, a veces un censor hipotético, a veces en nada. Tampoco tengo mucho método. Me cuesta el arranque, como en todas las cosas, pero después agarro viaje. -¿Cuáles fueron tus referentes cuando empezaste a escribir? -De entrada, toda la lectura juvenil: los rusos como Chéjov, Dostoievsky y Tolstoi; los norteamericanos como Carson Mc Callers y también los latinoamericanos. Pero empecé a escribir de chiquita sin ninguna conciencia de que podía llegar a ser escritora. Era un momento en el que no tenía definida ninguna idea de futuro; escribía más bien cuando estaba aburrida. -Entre los argentinos ¿Te ha gustado el mendocino Antonio Di Benedetto? -Claro, “Zama” es una novela que me gustó muchísimo, que nunca olvidé y, además, él era un tipo que tuvo una vida muy interesante sobre la que circulan diversas versiones que me interesé en conocer. -En filosofía formaste parte del grupo de Tomás Abraham ¿Cómo fue esa experiencia? -El grupo de los jueves de Tomás tiene muchos años y cuenta con gente que expone sobre un tema determinado. Este año están tratando las líneas de la historiología nacional, (yo ya no formo parte pero lo sé porque tengo amigos allí); otras veces toman figuras determinadas como Lucio V. Mansilla o Ramos Mejía. En otra oportunidad se habló de tensiones y yo en aquel momento expuse sobre unitarios y federales, que es un tema que me gusta mucho. -¿Qué sentís o pensás cuando colegas como Piglia o Fogwill hablan maravillas de vos? -Bueno, qué sé yo. Lo primero que me surge decir es: “Che, no es pa’ tanto”.