Los buenos cuentos, como los buenos poemas, exceden el austero marco de la palabra escrita para abrirse paso, espontáneamente, hacia los pulmones y el paladar. Con las historias de Hebe Uhart ocurre que la lengua se suelta, enseguida, de la jurisdicción de la página impresa y pide una lectura en voz alta. Y ello no se debe tanto a un efecto retórico como a una comprobación de las evidencias: Uhart trabaja con materiales de primera mano, muy cerca de las fuentes orales, en la matriz misma de todos los relatos. Trabajar con los discursos cristalizados sin caer en el refrito costumbrista o en la ilusión del ventrílocuo exige un pulso firme, entrenado en los matices del lenguaje hablado y en las claves del arte narrativo. Hay que tejer pacientemente, como una araña, una historia que sea algo más que un decorado vistoso o una excusa para traficar los bocadillos de éste o aquel argot. Lo que más llama la atención en Turistas es precisamente eso, la urdimbre tan precisa, casi imperceptible, en la que se entreteje la voz que "habla" con la voz que narra. Y para Uhart, vale la pena aclararlo, narrar es, en buena medida, un equivalente de viajar, desplazarse de un lugar a otro y, sobre todo, de un discurso a otro. Del mismo modo, la categoría "turista" en este libro hay que entenderla en un sentido amplio y personal, como una escala metafórica que engloba desde mujeres de clase media con aspiraciones mundanas hasta inmigrantes rurales, viajeros europeos y veraneantes bonaerenses, pasando por jóvenes poetas de vanguardia, camorristas de consorcio, cantores telúricos, promotores culturales? más las diversas subcategorías que pueden desprenderse de la mezcla de estos factores. Lo que importa, en todo caso, es que los turistas uhartianos viajan con la lengua a cuestas. Cada uno de ellos, además de un narrador eximio, es un filólogo desmadrado, como Bernardina -la mucama paraguaya del cuento homónimo- que cada tanto repite "ni esta boca es la mía, ni esta mano es la mía" y entrevera la sintaxis del español con la del guaraní, haciendo gala de una imaginación verbal que fascina por su ingenuidad y sus destellos de ironía. O como la mujer que narra en "Turistas y viajeros"; con lugares comunes y torpes creencias aprendidas en los diarios y en la televisión, termina componiendo un retrato implacable de las veleidades de una familia pequeñoburguesa embarcada en un tour delirante por Nápoles. De los nueve cuentos reunidos en este volumen, podría decirse que todos están muy bien construidos, pero hay cinco que son -dicho esto sin exagerar- antológicos: "Turistas y viajeros", "Bernardina", "Turismo urbano", "La excursión larga" y "El departamento de la costa". Cifra bastante elocuente que, además, es una prueba de la maestría que ha alcanzado la autora en un género tan difícil y con tanta prosa