"Mis novelas son de tiro corto. Son cuentos largos o novelas cortas. Más bien me considero cuentista, pero creo que no tiene importancia cómo uno se considera", dice Hebe Uhart. Y en cuanto se comienza a leer sus relatos queda en claro lo que importa: una escritura singular, desmarcada de cualquier corriente, que desde hace tiempo viene afirmando su calidad extraordinaria a través de pequeños libros y de personajes y temas que tienen un sello inconfundible.   Uhart acaba de publicar “Turistas”, una serie de relatos que trabajan con los equívocos del lenguaje y ciertas formas de oralidad (hablas de extranjeros, lugares comunes). La escritora presentará el libro la semana próxima en Rosario (jueves 23, 19.30, en la librería Homo Sapiens, Sarmiento 825). Nacida en Moreno y residente en Buenos Aires, coordina un taller literario por donde han pasado muchos de los nuevos escritores actuales. Entre sus obras, se encuentran los libros de cuentos “El budín esponjoso”, “La luz de un nuevo día” y “Del cielo a casa” y las novelas, nouvelles o relatos “Camilo asciende” y “Mudanzas”.  —Los cuentos de Turistas reactualizan temas de tu escritura. Por ejemplo, "Bernardina" puede ser relacionado con "Teresa", un relato de Del cielo a casa, tu libro anterior.  —Los dos tienen que ver con la situación de migrantes. En este caso es una paraguaya, la otra era boliviana. Teresa era una persona que trabajaba en mi casa y yo la escuchaba hablar, los bolivianos hablan muy lindo. Y el de los paraguayos me parece un lenguaje muy vivo y muy raro, porque tiene impronta guaraní, no sólo en la entonación sino también en la construcción. Por ejemplo, no dicen "plata enterrada" sino "un plata entierro"; en los mismos diarios, no dicen "la ladrona de coches" sino "la robacoches", y una mujer misteriosa, rara, es "una mujer tiniebla".  —¿Cómo escribiste ese relato?  —Entrevisté a dos señoras paraguayas. Una no me servía porque estaba demasiado urbanizada. Tomé la que era más campesina, la escuché hablar, escuché su historia, su vida, que es más o menos como conté. También me reforcé leyendo diarios de Paraguay y a Roa Bastos, un lenguaje muy fuerte, y me compré una guía del Ibicuy, la zona donde la sitúo, para ver cómo era. Además yo conozco Asunción, una ciudad que me gustó mucho. Y me gustan los paraguayos, será porque son tirando a optimistas, como yo, y entonces son gente que me agrada.  —Otro cuento, "Stephan en Buenos Aires" también trabaja sobre un registro de lenguaje particular, el castellano disparatado de un alemán.  —"Stephan" fue un poco pautado por la editorial, porque me dijeron que hiciera a un turista en Buenos Aires. Siguiendo un camino similar, tuve una historia base y después la trabajé en el sentido del lenguaje. Entrevisté a la hija de una amiga, que tuvo un novio alemán. Los alemanes no sé si me gustan tanto como los paraguayos pero me intrigan, me parecen gente un tanto extraña. Para escribir "Revista literaria", otro cuento, también me documenté. Junté todas las revistas de los chicos de extramuros, esas revistas de escritores incipientes, y entrevisté a un alumno del taller, que ahora trabaja en literatura infantil y es redactor de una revista muy buena, Mil mamuts, pero que cuando era chico tenía esas revistas hechas a pulmón.  —¿Esas investigaciones son siempre parte de la escritura?  —Para mí es una cuestión nueva, e interesante. La editorial me pautó de la siguiente manera: hace dos años llevé diez cuentos y me dijeron "te aceptamos cinco y escribí cinco nuevos". Y yo me dije: "si empiezo a pensar qué criterios tomaron para aceptar o rechazar los cuentos pierdo dos meses, así que me pongo a hacer cuentos nuevos y listo".  —¿Tenés un ritmo de escritura constante?  —No, este año he tomado notas y he hecho cosas muy esporádicas. Cuando hice este libro, el año anterior, sí, tenía un ritmo constante de investigación y escritura.  —¿Qué cosas anotás?  —Este año quiero registrar la tradición oral y sobre todo los mitos antiguos de la gente del campo, o de los pueblos. A cien kilómetros de Buenos Aires ya te hablan del lobizón y de la tapera encantada, y me interesa cómo se mezcla eso con la mitología moderna, la de la televisión y el celular. Tengo mucho anotado en Victoria, Diamante, algo de Chascomús, Pergamino, Lobos. Viajé, estuve recorriendo y mirando esos lugares. En marzo fui a Ecuador y ahí también existe la mezcla de tecnología y mitos antiguos. Íbamos en una camioneta por la sierra y cuando vemos a un viejo, cubierto de pasto, me dice el chofer: "mire el celular que tiene, no es como el mío, el de él es de última generación, porque se lo mandan los hijos.