Durante el siglo XVI, Paracelso, alquimista, cirujano, mago, astrólogo, se convirtió en mito al aunar el misterio de sus métodos con su pretendida eficacia de mutar el plomo en oro. Logró también que sus trabajos sobre un orden cósmico habitado por gnomos, nereidas y silfos coincidieran con su capacidad para revivir áreas de la medicina por entonces olvidadas. La lectura que el filósofo italiano Giorgio Agamben brinda de Paracelso en "Signatura rerum" no se refiere en principio a ninguna de estas zonas, sino a su "teoría de las signaturas"; vale decir, el modo en que los signos, al manifestarse, alteran el mundo. Sin embargo, las restantes habilidades del alquimista -capaz de hundirse en los terrenos más oscuros para acceder a la materialidad de lo reluciente- están, de manera inevitable, presentes. Agamben, uno de los filósofos que con más vigor ha ingresado en el debate político en los últimos años, hace de las cuestiones metodológicas parte sustancial de su teoría. Ya había dado pruebas de ello en varios trabajos anteriores. Es difícil imaginar cada uno de los volúmenes de la serie Homo Sacer -El poder soberano y la nuda vida, Estado de excepción , Lo que queda de Auschwitz y El Reino y la Gloria - al margen de la guía de autores como Walter Benjamin, Jacques Derrida o Carl Schmitt. Tampoco sería posible borrar de Lo abierto , otro de sus libros, las marcas de Martin Heidegger o Georges Bataille. El modo sistemático con que encara la tarea en Signatura rerum , sin embargo, hace de ésta una obra clave para quien busque indagar en la propuesta del filósofo italiano. En los tres textos compilados, Agamben coloca en un lugar central otras tantas estrategias metodológicas: el concepto de paradigma desarrollado por Thomas Kuhn, el ya nombrado de las signaturas de Paracelso y el de la arqueología foucaultiana. El primer artículo, "¿Qué es un paradigma?", no se limita a evocar los principios básicos del concepto de Kuhn, dedicado a los modelos o patrones aceptados por la ciencia establecida, sino que también muestra el modo en que se entrelaza, no sin fricciones, con la propuesta de Michel Foucault. Ideas clásicas del pensamiento de Agamben -el homo sacer , el estado de excepción y el campo de concentración- son justamente, según el propio filósofo, paradigmas, es decir: "Formas de conocimiento que no son ni inductivas ni deductivas, sino analógicas, moviéndose en la singularidad, y capaces de neutralizar la dicotomía entre lo general y lo particular". El objetivo de sus paradigmas no es, entonces, devenir hipótesis sobre la modernidad a la caza de una causa, sino volver inteligibles fenómenos cuyo parentesco escapaba al historiador. Si uno de los intereses del artículo es analizar la analogía entre el vocabulario de Foucault en términos de dispositivos, saberes o epistemes- en el sentido de "todos los procedimientos y todos los efectos de conocimiento que un campo específico está dispuesto a aceptar en un momento dado"- y el concepto de Kuhn, es porque Agamben comparte con el primero la necesidad del pasaje del paradigma de la epistemología a la política, de la "alternación de la forma teórica" al "régimen interno de poder". "Teoría de las signaturas", el segundo de los artículos, no sólo es el más extenso y el que da título al volumen, sino también el más provocativo. Allí se evoca el noveno libro del tratado de Paracelso Sobre la naturaleza de las cosas donde se sostiene que todas las cosas llevan un signo que manifiesta y revela sus cualidades invisibles: "Nada es sin un signo -señala Paracelso- puesto que la naturaleza no deja salir nada de sí". O: "No hay nada exterior que no sea anuncio de lo interno". Allí están los sacramentos para demostrar la eficacia del signo. La teoría de las signaturas tuvo una gran influencia en las ciencias y en la magia renacentista y barroca hasta llegar a Leibniz y Kepler. Aun cuando desapareció durante el Iluminismo, se revitalizó en el siglo XX con los desarrollos de Aby Warburg, Benjamin, Sigmund Freud, Carlo Ginzburg y el concepto de actos de habla de John Austin y John Searle, donde el lenguaje parece limitar con la magia. Las signaturas orientan la eficacia del signo al mostrar que éste no existe puro: el signo significa porque lleva una signatura. Es en la moda donde Agamben encuentra un ejemplo clave de ese aspecto: por medio de un gesto del diseñador se introduce discontinuidad en el tiempo, se crea lo actual y lo inactual. En el último y más breve de los textos, "Arqueología filosófica", le toca el turno a ese concepto que está presente (como el de arqueología en el sentido que le da Foucault) a lo largo de todo el libro. Pensada como un a priori histórico, donde los saberes y los conocimientos encuentran su condición de posibilidad supone, como las signaturas, que "hablar es hacer algo y no simplemente expresar un pensamiento". Agamben rastrea el concepto de arqueología en Immanuel Kant, Friedrich Nietzsche, Marcel Mauss y Benjamin para señalar cómo la experiencia histórica se ve transformada para constituirse en una vía de acceso al presente. En cada página de Signatura rerum , el filósofo se encarga de mostrar, casi obsesivamente, la forma en que las representaciones -sean paradigmas, signaturas o epistemes- transforman de manera radical el mundo. Tras la lectura, resulta casi imposible no sólo defender la división tajante entre mundo y representación, sino también ignorar hasta qué punto el lenguaje o los modos en que concebimos el mundo y a nosotros mismos devienen actos políticos capaces de trastocarlo todo. Gracias a este libro el propio Agamben podría jactarse, como Paracelso, de sus talentos como alquimista. Por medio de su fina disección logra transmutar las evocaciones eruditas en propuestas provocativas y orientadoras de sus preocupaciones metodológicas al tiempo que señala las no siempre advertidas consecuencias políticas de teorías de la epistemología hoy muy populares.