En el siglo XXI es difícil saber qué es un cuerpo. O más bien, todos los saberes parecen apuntar al mismo desconocimiento, desde la cirugía estética hasta cierta mirada de las neurociencias. En el empeño por ceñir las funciones del cuerpo, olvidan una fundamental: la función de la palabra. De allí que hasta el simple hecho de dar un paso no sea sólo una cuestión motriz. Si a esto le sumamos la inmersión en una cultura, el cuerpo es un cuestionario sin responder. Fíjense lo que le pasa a Marcia, la errática púber de la fantástica novela La Prueba , de César Aira, apenas sale a la calle: "Chocaba con la carga de signos flotantes; cada paso, cada ondular de los brazos se hacía innumerable en respuestas y alusiones". Su cuerpo, más precisamente sus brazos, se bamboleaban como respuestas posibles en un mundo cargado de signos. En su relato autobiográfico, recién publicado por Anagrama, La mujer temblorosa , Siri Hustvedt (buena escritora, pero de la que inevitablemente se dirá: la mujer de Paul Auster, y ella no hace nada para evitarlo, porque el mismo Auster aparece alabándola en la contratapa de la edición), habla del temblequeo de su voz, más precisamente de "la historia de mis nervios". Allí intenta averiguar los engranajes de su aflicción sumergiéndose en distintos saberes, desde los más científicos, como La interpretación de los sueños, de Freud, hasta referencias esotéricas y otras propias de la experiencia literaria. Todo en pos de aliviar el temblor, como si fuera posible localizar fisiológicamente su padecimiento. Otro libro, recién editado, menos personal, pero minucioso y original, se refiere al cuerpo en la cultura japonesa, donde el rito parece suplantar al temblor. Se trata de Karada , de Michitaro Tada, con un iluminador prólogo de Anna Kazumi Stahl. El texto, ameno, enriquecedor, consta de once capítulos, todos liderados por una parte del cuerpo: "Atama"(cabeza), "Kao" (rostro), "Senaka" (espalda), "Hara" (vientre), "Heso" (ombligo), "Uesuto" (cintura), "Hippu" (caderas), "Koshi" (pelvis), "Oshiri" (trasero) y "Ashi" (piernas y pies), más una posdata acerca de la cultura japonesa. Esta división, sin embargo, no aísla las partes, más bien consigue una articulación múltiple. Tada va dirimiendo las formas y los modos; los usos y los intercambios. Su recorrido por el cuerpo involucra los objetos, las películas (Kurosawa, entre otros), la arqueología, el juego, los gestos, la vestimenta y hasta, incluso, el chisme. Escrito de manera fresca, risueña, no tiene pretensiones de absolver al japonés del peso de su propio cuerpo, más bien tiene en cuenta lo que culturalmente lo "mueve". Por otra parte, también explora "las extensiones": desde el uso de las computadoras hasta un bate de béisbol. "Tada fue un autor de una teoría original sobre la cultura japonesa [leía la cotidianidad tal cual uno podría analizar un texto] y estableció un método único para encontrar valor en la rutina de la vida cotidiana", dice Stahl. Su lectura del cuerpo en el Japón es una forma de comprender y destacar lo más íntimo de una sociedad regida por pequeños movimientos de enorme repercusión