Qué felicidad saber que hace unos días, Xalapa se convirtió en la anfitriona de uno de los escritores franceses más maravillosos de hoy. Sí, apenas la semana pasada, Jean-Marie Gustave Le Clézio (1940), el Nobel de Literatura 2008, estuvo en el País, invitado por el Hay Festival. Hay que decir que México dejó una huella enorme en el corazón de este escritor cuando vivió aquí. Le Clézio hizo su servicio como profesor del IFAL, y de entonces data su amistad con la familia Loaeza, ya que doña Lola fue su mejor alumna, la que nunca faltaba y la que sabía todo de Francia. Este joven y guapísimo profesor iba a comer a casa hasta dos veces a la semana. Era tan querido en México que cuando se marchó, lo hizo con una gran tristeza. Entonces se fue a Panamá, pero México siempre ha estado presente en sus libros maravillosos, en los cuales habla de Frida Kahlo y Diego Rivera, del Chilam Balam y de Michoacán. Uno de sus libros trata sobre la conquista de Michoacán realizada por los españoles. Dice Le Clézio que gracias a dos historiadores mexicanos, Luis González y Francisco Miranda, pudo acercarse a la historia de ese estado y, especialmente, a un texto llamado Relación de Michoacán, escrito en el siglo 16. No es de extrañar que muchos de sus libros se los haya dedicado a nuestro país. Debo decirles que uno de mis libros favoritos de Le Clézio es El africano (2004). Este libro, publicado por Adriana Hidalgo Editora, son las memorias del tiempo que pasó en Nigeria. Jean-Marie tenía entonces 8 años e iba al reencuentro de su padre, un médico que tenía muchos años de vivir en ese país. Aunque el novelista nació en Niza, sus padres lo concibieron en Camerún, sólo que al comenzar la Segunda Guerra Mundial, su padre quedó incomunicado, sin saber nada de su familia. Tuvieron que pasar ocho años para que el pequeño Jean-Marie se reencontrara con su padre. Al inicio de El africano, escribe: “Más o menos a los 8 años viví en el África occidental, en Nigeria, en una región bastante aislada donde, fuera de mi madre y de mi padre, no había europeos y, para el niño que yo era, toda la humanidad se componía únicamente de ibos y de yorubas”. Fue entonces que se encontró con su padre, ese señor que había nacido en la Isla Mauricio y que luego fue médico en las Guyanas y Camerún. Ese desconocido para Jean-Marie, su padre, era sobre todo un decepcionado de Europa. El padre era un hombre que odiaba la actitud colonialista y presuntuosa de los europeos, la injusticia con la quetrataban a sus colonias y sus cocteles llenos de fatuidad, así como sus partidos de golf, pero, sobre todo, su profunda hipocresía. A este padre un poco amargado al que conoció cuando su madre finalmente pudo viajar con sus dos hijos a Nigeria. Pero leamos cómo describe Le Clézio este momento: “El hombre con el que me encontré en 1948, cuando yo tenía 8 años, estaba desgastado, envejecido prematuramente por el clima ecuatorial, se había vuelto irritable debido a la teofilina que tomaba para luchar contra sus crisis de asma, y la soledad lo había amargado por haber vivido todos los años de la guerra apartado del mundo, sin noticias de su familia”. Jean-Marie descubrió un país casi deshabitado, lleno de insectos y un calor que no le afectaba en lo absoluto. “Ese calor ni siquiera quedó inscrito en mis recuerdos”, diría muchos años después. Nunca como entonces había sido libre, libre de una manera absoluta. En el Sur de Francia todo era triste y desesperanzado a causa de la guerra. En cambio, África estaba tan lejos, que Europa bien podía parecer un sueño. Lo que más lo impresionó fueron los insectos, completamente temibles y poco comunes. En ninguna ciudad se podría encontrar las termitas, los escorpiones y las cucarachas que había en África. De ahí que le pareciera que los insectos eran los verdaderos dueños de Nigeria. Leamos este pasaje tan sorprendente acerca de una madre escorpión, a la cual el padre del novelista le prende fuego: “Por una razón que ignoro, el fuego primero prendió alrededor del animal, formando un círculo de llamas azules, y la hembra escorpión se detuvo en una postura trágica, con las pinzas alzadas hacia el cielo, el cuerpo tirante, y alzó por encima de sus hijos su aguijón de veneno en la punta de la glándula perfectamente visible. Un segundo chorro de alcohol la abrasó de golpe. Todo esto no pudo durar más de unos segundos, y, sin embargo, tengo la impresión de haber estado mucho tiempo mirando su muerte”. Uno de los aspectos más bonitos de este libro maravilloso es que se trata de una reconciliación con su pasado, porque descubre que su padre era en realidad un africano, y que él también lo es. Y lo que aprendemos junto con él es que la memoria de un escritor es también la memoria de un tiempo. Como escribe Le Clézio: “Esa memoria no es sólo la mía... La memoria de las esperanzas y de las angustias de mi padre, su soledad, su desamparo en Ogoja”. Qué fantástico escritor, que es también una memoria llena de comprensión y conocimiento.