Un hombre que pasa la vida de pie bajo una tormenta anhelando ser rozado por al menos media docena de rayos. Así define el norteamericano Randall Jarrell al buen artista. Peter Handke y sus personajes pasan largas temporadas al aire libre y con el tiempo han logrado superar largamente esa áspera experiencia. El peso del mundo, reeditado ahora en Argentina, no es sino eso, un manual de percepción y disponibilidad, un programa de reacciones sistemáticas ante acontecimientos cotidianos, de los más evidentes a los más diminutos. Se trata de un diario escrito en París entre 1975 y 1977, el primero de una serie paralela a sus novelas. Luego vendrán Historia del lápiz (1976-80), Fantasías de la repetición (1981-82) y Am Felsfenster morgens (1982-87). En ellos no encontramos reflexiones sino reflejos, respuestas, anotaciones mínimas, registros precarios de estados de ánimo -propios y ajenos-, lecturas, viajes, citas. En El peso del mundo, cada escena o instante -anónimos de tan íntimos- cobra forma y relieve: "Un niño conversa con un adulto; espera que el adulto se ponga en ridículo". De un fragmento al siguiente, el narrador oscila voluntariamente entre concentración y distracción y va creando un ritmo, una duración particular: "Para no llorar, un niño clava la mirada en las mochilas escolares que cuelgan de los percheros". De una estadía en un hospital al paseo con una hija, la precisión no cesa y se hace difícil dar ejemplos sin partir el día al medio: "A. me pidió que escribiera algo "malo" sobre ella en un pedazo de papel; lo hice ("A. es insaciable"). Lo colocó en un vaso de agua y el papel se disolvió al instante". El formato parece fácil. Notar y anotar. La cuestión es qué se ve y cómo se lo escribe. El aliento de la escritura -entre Emmanuel Bove y Georges Simenon- resuena en la biografía a cada momento. Dueño de un prodigioso sentido del olfato y una lucidez implacable consigo misma, la vida diaria del narrador vibra con el vacilar de lo apenas perceptible. Como siempre en Handke, nada se lee como ya sucedido, o como suspenso postizo, sino presente en la intensa serenidad de las apariencias. Una línea que no existía tantea con gracia, una luz nace con cada frase y echa una nueva piedra a rodar: "Si ahora un desconocido fuera enérgicamente descortés conmigo, tal vez me convertiría en alguien más real". Handke le saca punta a los fenómenos más minúsculos: la silueta de una hoja, las volteretas de un insecto. Los de El peso del mundo son rodeos casuales, fecundos, que aceleran el pulso del observador. Y que al autor le sirvieron de preparativos para la magnífica Historia de niños y para el libro y película La mujer zurda, filmada justamente en los alrededores de París, donde ocurre gran parte de El peso del mundo.