Peter Handke (Griffe, Austria, 1942) posterior a la generación de Günter Grass tiene una producción que abarca todos los géneros y es considerado como uno de los representantes más originales en lengua alemana de posguerra. Entre sus piezas teatrales Kaspar (1968) y El pupilo quiere ser tutor (1969) de próxima aparición; entre sus novelas y relatos Los avispones, Carta breve para un largo adiós, El miedo del arquero al penal y La mujer zurda -estas dos últimas llevadas al cine por Wim Wenders y el propio Handke. En Kaspar se ofrece en escena "lo que es posible hacer con alguien" convirtiéndose en una especie de Tratado de Investigación verbal, ya que desde la animalidad humana se demuestra cómo se puede hacer hablar a alguien hablándole hasta dominarlo. Si bien la historia remite a aquel joven que apareció en Nüremberg (1828), no hay desarrollo argumental ni tratamiento sobre el tema, sólo la mostración brutal de este personaje en su más desesperante orfandad como metáfora ambulante de la condición humana. Sin duda, Kaspar es una figura emblemática instalada en el imaginario social, como referente de la brutalidad de los crímenes cometidos contra él, sumado al misterio irresuelto de sus motivaciones, a tal punto que la desproporcionada condición infrahumana de su tratamiento impulsó la incorporación de una nueva categoría de crimen: la del asesinato del alma. Mucho se tejió en tomo de él, considerado -entre versiones y leyendas- como el heredero del trono de Baden -cambiado por otro recién nacido. Sobre él escribieron Verlaine, Rilke, Melville y se han hecho películas (Werner Herzog, Peter Sehr y el propio Handke). Más que una obra es una experiencia conmocionante realizada como versión para ser actuada, impulsando para ello la acertada búsqueda de palabras que pudieran representar el mundo de significados que escapaban a esa condición infrahumana junto con el sonido y la musicalidad del texto. Como aclara el traductor en la portada, el desafío de la obra pasa por el encuentro de esas palabras justas capaces de traducir esa condición, para lo cual la forma incorpora el contenido y la palabra emerge del juego propuesto por el autor como protagonista de la investigación verbal y que en la práctica se revela como un verdadero tormento. Kaspar -como Frankestein- es hablado y pensado por otros. Los Apuntadores son los que reiteradamente insisten en la provocación para un repertorio verbal cuyo personaje se resiste a incorporar. La imagen va tomando forma a partir de lo que ellos quieren que se vea y para lo cual organizan no sólo el inventario de palabras a emitir sino que también prejuzgan, advierten y sentencian desde sus propias conclusiones, sin que el personaje pueda discernir en esa resolución totalmente ajena y externa a él. De ese modo es posible asistir a una pulseada entre los Apuntadores -intentando moldear y definir la imagen- y Kaspar -respondiendo desde sus limitaciones-, corroborando la hipótesis inicial de todo lo que se puede hacer con alguien, el sometimiento y la destrucción bajo el amparo de falsos valores sociales. Esta pieza presentada el 11 de mayo de 1968 por el equipo teatral TAT en Frankfurt bajo la dirección de Kalus Peymann y simultáneamente por Günter Büch en el teatro estatal de Oberhausen, mantiene vigente las utopías del "68 demostrando cómo se pretende construir sujetos funcionales, sin identidad. Aunque resulte cruel y duro el tratamiento conferido, hay un tema y un mensaje necesarios para revisar una y otra vez, pues más allá del ocasional protagonista, el desafío es poner al desnudo la trampa de toda manipulación humana como hecho teatral de valor universal.