Reírse de Janeiro. Con ojo irónico, por momentos despiadado, el autor de Los siete locos compone en sus crónicas un paisaje de la vida cotidiana del Río de los años treinta. En estas cuarenta aguafuertes inéditas escritas desde Río de Janeiro en viaje durante dos meses, Roberto Arlt despliega toda la utilería visual y la parafernalia de una ciudad, registra impresiones, hábitos ciudadanos, tics de una época. Compara una y otra vez a Río con Buenos Aires; calles, fachadas, gente... Se vuelve microscópico en el detalle y puntilloso en la diferencia. Hace sonar un refranero porteño, lunfardo, en la ciudad tropical, y rastrea el misterio de la sensualidad y gentileza carioca, esboza lo que cree que son las claves de la urbanidad en Río. Cronista caminante, capta escenas al ritmo del vagabundeo y todo lo vuelve carne de retrato con una precisión por momentos técnica en sus inventarios, como cuando apunta: "Me limito a reproducir casi fotográficamente lo que he visto". Cuando Arlt firma estos textos tiene treinta años y lleva escritas casi setecientas notas en el diario El Mundo. Observador viajero, hace composiciones de lugar, captura escenografías siempre en movimiento. ¿Por qué su escritura es absolutamente moderna? Por el impacto de sus imágenes visuales, por el tono conversado y espontáneo que le da a la letra impresa, por la fuerza de su lenguaje. Arlt, en todo método, escribe sobre lo que ve, pero también sobre lo que escucha: anota cuadros, estampas, diálogos al pasar, siempre filtrándose su autorretrato en los croquis que compone. Cronista ambulante, cualquier observación se vuelve reflexiva. A la vez, es exagerado y hasta prejuicioso para hablar de lo que apenas conoce, algo evidente en algunas de sus afirmaciones racistas, traduciendo en pocos rasgos, desde el estereotipo, lo que cree que hace a un negro de Brasil: "Algo de pequeños animalitos se descubre bajo su semicivilización". Pero su ojo atento a los problemas sociales y su olfato para describir el desarrollo cultural brasilero o la conciencia y aspiraciones de clase del proletariado, le permiten ser un turista cínico de los suburbios obreros, reo y cronista ejemplar. Javier Fernández