Silvia Hopenhayn - TXT, de Buenos Aires


La mayor ambición del escritor oriental no parece radicar en el éxito de su obra sino en la obstinación de su búsqueda. La renuncia es el peor de los males, por eso la soledad es el mejor de sus amparos. Como chispas de esa creación tenemos entregas esporádicas que responden más a caprichos editoriales que a un verdadero intercambio entre Oriente y Occidente. Mishima fue el primero en derramar su oro sobre nuestras bibliotecas, detenido en su íntimo hara-kiri; Tanizaki nos enseñó cómo arreglarnos sin los "obscenos" límites de la luz; Kawabata nos arrimó a Lo bello y lo triste de la mano del "neosensacionismo"; y ahora, un escritor anterior, Mori Ogai (1862-1922) irrumpe gracias a la selección que hizo Amalia Sato de sus mejores textos. En construcción es un libro construido con textos disímiles pero que sobresalen por un gesto que los vuelve heroicos. En todos prima el espíritu japonés, ilustrado y crítico de Ogai. El primero es una escena: un encuentro casi metafísico entre Auguste Rodin y la bailarina japonesa Hanako. Otro pequeño ensayo, Exorcismo de demonio, absuelve al escritor de la tiranía del canon: "Últimamente términos como "encadenado" o "liberado" se han puesto de moda, pero, hablando con propiedad, ¿no es acaso una noción restrictiva eso de insistir sobre los temas y maneras que han de asumirse al escribir prosa literaria? He llegado a la conclusión de que lo que llamamos prosa literaria puede tratar sobre cualquier tema en cualquier estilo". Todo vale, si se alcanza.