- El País, de Montevideo


Había nacido en Fuentevaqueros, un pueblo cercano a la ciudad de Granada, en 1898. Fue el primero de cinco hermanos, de los cuales el segundo moriría de bebé. Su padre, don Federico García Rodríguez, era un hombre que se había enriquecido con los cultivos de remolacha azucarera a partir de la pérdida de Cuba. El viejo Federico también había heredado una buena fortuna de su primera mujer, con quien había estado varios años casado y con quien había compartido la desdicha de no tener hijos. Luego de morir la primera esposa, García Rodríguez se casó con la maestra del pueblo, Vicenta Lorca, que no sería como Yerma ni como la difunta primer esposa, estéril, sino que pariría un hijo que haría historia. El hecho de ser el niño rico del pueblo llenó a Federico de culpas ante la visión de sus amiguitos pobres, pero también le concedió la ventaja de ser atendido en su casa por un montón de nodrizas, sirvientas, cocineros, amas de llaves, choferes y niñeras con los cuales siempre reconoció una profunda deuda cultural. Los andaluces del pueblo liso y llano que compartieron la infancia de Lorca le transmitieron su fabuloso arsenal de canciones populares -más tarde, el Federico adulto se jactaría de saberse de memoria más de trescientas canciones incluido su acompañamiento en el piano-, y el mágico sentido del misterio y de lo irracional que luego él sistematizaría en su célebre conferencia de las nanas, canciones de cuna españolas. Ya desde pequeño, Federico fue un auténtico "performer". Adoraba disfrazarse con sotanas y dirigía misas imaginarias frente a tíos, hermanos, primos y vecinos. Uno de sus primeros juguetes fue un teatro de títeres donde inventaba obras que componía con las figuras de cartón que una tía había hecho especialmente para él. De su madre había heredado una sed ávida por la lectura. y de su padre un oído privilegiado y una habilidad sorprendente para ejecutar música. En la familia del padre además de saber labrar la tierra todos sabían cantar y tocar la guitarra, y hubo algún pianista que debió legar sus genes a Federico quien, como es sabido, tocaba muy bien el piano desde pequeño. En los años de juventud no estaba claro a qué arte se iba a dedicar: era muy mal estudiante en el colegio pero excelente alumno de un gran profesor de música, Antonio Segura. Por un tris no se abocó a los estudios superiores de piano yéndose a París a continuar una carrera de concertista. Con el piano y con la voz se entrenó desde adolescente en eso de dar espectáculos y tener todo un público pendiente de él. Ni hablar del ceremonial kitsch, que también adoraba. Una foto conserva el incidente por el cual, en un Carnaval, el jovencísimo Lorca se disfrazó de torero, se pintó las piernas con algo que parecía sangre, y se hizo conducir en andas por unos amigos como si estuviera muerto. Desde muy temprano García Lorca hizo "lobby". Bajo la dirección de un profesor de historia del arte, Domínguez Berrueta, participó de un grupo que viajaba por España para estudiar en los propios lugares las maravillas arquitectónicas. Así pronto, un muy joven Lorca está intimando con Antonio Machado en Baeza y hasta con Miguel de Unamuno en Salamanca. A los veinte años ya formaba parte de un grupo de jóvenes granadinos que hoy vendrían a ser los "zarpados" de la ciudad: se reunían en el Café Alameda, en las mesas bajo la escalera, de ahí el nombre del grupo, el "Rinconcillo". Desde allí, atacaban a los vetustos y patéticos burgueses de Granada, prefigurando lo que más tarde sería la Generación del 27 en Madrid y su cruzada contra los "putrefactos”. Fue desde esa situación que publicó, en 1918, su primer libro, Impresiones y paisajes, un conjunto de prosas que recogía sus apuntes de viaje con el profesor Berrueta, pero casi sin citarlo. El profesor se indignó con Lorca y prácticamente le tiró el libro a la cara. La anécdota muestra dos grandes egos en litigio, pero, sin duda, el de Federico mucho más pujante. Sorprende su temprano afán por publicar, cuando luego, toda la vida, y siendo un poeta famosísimo, presentó una notoria renuencia por ver sus obras editadas. Del Romancero Gitano, en 1928, a poco de salir a la calle, dijo que se le "había muerto entre las manos de la manera más tierna“. Y así como escamoteaba su trabajo a los impresores, era un lector maravilloso de sus materiales, que sacaba constantemente de los bolsillos y se ponía a leer donde fuese, en reuniones, cafés o en la calle. Era un poeta oral. La apoteosis de esta actitud de performer se produjo aquí, en el Río de la Plata, cuando en 1933 y 1934 pasó seis meses en Buenos Aires y quince días en Montevideo, y donde su luminosa personalidad, la exuberante gesticulación de sus manos, su memoria prodigiosa para cantar y tocar el piano, y las lecturas de sus conferencias -entre ellas la genial "Teoría y juego del duende"- lo convirtieron en un personaje amado y ovacionado, cuyo ego saturó a algunos -como a Borges- pero que sedujo a la mayoría. Luego de la monumental biografía de Ian Gibson y su multitud de datos (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, Plaza & Janés, 1998) parecía que ya nada se podía decir sobre la vida de Lorca. Sin embargo, la estudiosa norteamericana Leslie Stainton, después de investigar durante 14 años y cotejar gran cantidad de testimonios, logró construir una imagen de García Lorca que no se deducía necesariamente del trabajo de Gibson. Stainton, además de escribir con notoria amenidad, muestra un Lorca vitalísimo y a la vez depresivo, un artista polifacético, un hombre orquesta cuya gestualidad cotidiana convertía cada momento en un acto poético, una representación. La conciencia de su propia genialidad habilitaba en García Lorca el hecho de ser también insoportable, por momentos. Fue, además de poeta, músico, pianista, titiritero, dibujante, dramaturgo, director de teatro, escenógrafo, vestuarista, actor, performer, conferencista y gestor cultural. Todo lo hacía bien, y él lo sabía.