Sebastián Morfes - Diario Perfil


Arnaldo Calveyra (1929; Mansilla, provincia de Entre Ríos) trabajó en Ensenada como fumigador de barcos, empleo que preservaba las horas necesarias semanales para dedicarse a la escritura. Por los 60 viajó a París detrás de una beca de estudio y más de ese tiempo necesario. Esta emigración resultó también editorial: a pesar de publicar sus obras en la prestigiosa Actes Sud de Francia poco se supo hasta fines de los 80 del poeta entrerriano en esta parte del mundo. Fue con Cartas para que la alegría que comenzó su desembarco editorial en argentina. Y no se detuvo: en estos últimos años publicó en el país más que en los años posteriores a su exilio. Adriana Hidalgo acaba de editar Poesía Reunida, volumen que abarca medio siglo de la producción del autor autor del Maizal del gregoriano. A modo de prólogo, entrevistas, reseñas y críticas y hasta un cuaderno de notas hecho por alumnos de primaria, componen una cronología-clipping tan potente como la crítica más esclarecedora. Allí leemos una declaración de Calveyra: “Cuando uno domina su propia lengua, encuentra en ella matices, tonos armónicos, que difícilmente se detectan en lenguas ajenas. Las palabras tienen temperatura”. Y otra escrita por los alumnos del colegio francés Loise Michel: “tiene humor, sensibilidad. Le gustan las margaritas y leer mucho”. En los textos del entrerriano el sentido común del verso, la prosa y el teatro se tensan en la intimidad misma de la construcción. En cada línea el significado propone y detiene efectos, dibuja movimientos que parecen seguir su paso por las veredas desparejas de Ensenada como las que evoca en la Canción del marinero inmigrante. Su voz puede distinguirse en la modulación de la duda, en el lento proceso de reconocimiento, en los fraseos propios del habla en una región lejana, imaginaria. Y esa reconstrucción de la lengua más que resultarnos familiar al oído, nos enfrenta a una perfección de laboratorio. Se ha dicho muchas veces que la obra de Calveyra se mueve y desarrolla en los límites de los géneros. Él mismo Calveyra bromea al respecto en una entrevista que le hacen los editores del libro. Quizá la frase que mejor glose esta extrañeza que produce su poesía, ese movimiento que no es sólo geográfico se encuentre en estos versos del Diario del fumigador de guardia: “una vez en una costa del sur, / logré escribir sobre una ola, / y fuimos varios en leerla, / la palabra palabra/.