Eduardo Balestena - La Capital


“El viejo, el carro, los perros, el chico y la rosa, dibujan en la calle una azarosa coreografía del momento” (Patricia Ratto, “Flor” Cap. IX, "Nudos", Adriana Hidalgo Editora, 2008) "Nudos", es la segunda novela de Patricia Ratto. En una pausa de su relectura, viene en Canal 7, como un raro mensaje, la película Prisioneros de una noche (1960), de David José Kohon (1929-2004), con María Vaner, Alfredo Alcón y Osvaldo Terranova, y música de Astor Piazzolla y de Aníbal Troilo. Novela y película se vinculan y abren un espacio. De pronto todo desaparece llevado por las imágenes del libro, y por ese Buenos Aires escenario de dos soledades destinadas al solo encuentro de una noche de sábado, que en esa sensación fatalista que preside la película, van de uno a otro lugar de la atestada ciudad como buscando un punto de fuga, pero no lo hay. En Nudos hay puntos de fuga, en ese Tandil dividido por la ruta, en esas soledades marcadas por alarmas, límites, perros, pájaros y silencios. Las soledades, a veces se trasponen y en ocasiones son atravesadas mágicamente. El testimonio del propio David José Kohon parece aplicable a la novela: El director, de 28 años entonces, contaba que Carlos Latorre, poeta surrealista, vinculado a Enrique Molina y Olga Orozco, que se ganaba la vida escribiendo radioteatros, había ganado un concurso de guiones y tenía la oportunidad de hacer producir el suyo, que finalmente terminaron produciendo ellos, con un último crédito concedido por el Instituto Nacional de Cinematografía. Kohon tenía un guión muy preciso, y eran muy precisas también sus ideas, pero el verse en la calle rodando, o ante el desafío de hacerlo a bordo de un tren, constituyó una experiencia muy distinta a lo previsto. Aquel primer día, en la pausa para el almuerzo, la encrucijada era comer o renunciar. Tenía hambre, cuenta, decidió comer, y luego siguió. Ayudado por Aníbal di Salvo, director de fotografía, optó por abandonarse a su inspiración, pero al terminarla, la película le pareció espantosa. Probablemente una novela también sea escrita porque es imposible dejar de escribirla, y porque algo distrae, momentáneamente, de la imposibilidad, y entonces viene el momento en que las cosas simplemente aparecen. Filiación Un resultado, un nacimiento, la anécdota de un origen, y una idea: la obra como desafío, irrupción de dificultades inesperadas, y confluencia entre una intención y un modo de decirla, para terminar en el hallazgo de uno que es ese y ningún otro posible. La creación, entonces, es lo que instala sus procedimientos y genera su forma. La novela no puede, simplemente surgir de un proceso de escritura, sino que debe ser ese proceso. Escribir una novela es abrir una reflexión sobre el género. En Prisioneros de una noche, en una galería de vividores y marginales, dos seres buscan quebrar ese destino; pero es ese propósito el que se quiebra, y la película termina con la voz de uno de los personajes, que proclama esa liberación que el espectador sabe que no se producirá. En "Nudos" las soledades también se cruzan y obedecen a un designio, pero de algún modo pueden rasgar el tejido y cruzar a otra zona. Patricia Ratto (como Kohon las imágenes) trabajó su lenguaje. Lo redujo al mínimo, pero dejó las inflexiones, las particularidades del habla y al hacerlo produjo una obra que parte de una propuesta y se expande en la lectura. No es necesario pedir a las palabras que lo digan todo, sino que den cuenta de los puntos que hacen que podamos construir ese todo. Las palabras van hasta un umbral que sólo la lectura puede trasponer, para extraer de ellas ese sentido latente que no dijeron. Me viene a la memoria un poema de Federico Peltzer, titulado "El picapedrero". Como el picapedrero, el escritor cincela, reduce las aristas, pule las imperfecciones y reduce las palabras a una forma pura, aquella a la que ya no puede quitársele nada. Las palabras resuenan en niveles de lenguaje. Cada personaje tiene su habla y de cada uno podemos imaginar su voz, coloquial, pero en función literaria. El estilo es hacer que una voz resulte creíble como voz pero que sea discurso y trabaje en el texto, despojada de accidentes. Atar al mundo “Todo está siempre a la espera de que una vez más se lo ate al mundo” dice el verso de Yves Bonnefoy, el gran poeta francés, que sirve de epígrafe a "Nudos", y que de algún modo la expresa. Una de las entrevistas a la escritora, recuerda el conocido texto de Beatriz Sarlo sobre "Los pichiciegos", de Fogwill: el relato de la guerra es el de las acciones mínimas y cotidianas necesarias para vivir. Acciones pequeñas, desoladas y muchas veces crueles, pero siempre significativas. La novela, centrada en una villa, el “Barrio el Gallo”, y en algunos de sus habitantes de más allá de la ruta, toma también la vida de habitantes del barrio cercano al parque, y de los puestos de la estación de trenes. Como vectores, los remises van y vienen, igual que los mates, de uno a otro mundo. Los nudos que cada personaje lleva adentro (Roxana, la Trabajadora Social, Manuel, el veterano de guerra, el Chiro, habitante de la Villa El Gallo, o Marisa, la niña autista) es aludido también desde las acciones cotidianas, los gestos mínimos y la experiencia de lectura despliega todo lo que el narrador no dice. La acción se retrotrae, ante un rosario de caracoles que cuelga del espejo de un remís, a las niñas que hacían rosarios de hilo con nudos para los soldados que peleaban en las Malvinas. La novela va armándose en estas voces y secuencias que fragmentan el punto de vista, y encajan sus piezas armando entre ellas un mundo. A diferencia de la película, no adopta un tono realista: hay más presencias y símbolos de aquello que puede verse en la realidad. El museo visto por El Chiro es una lectura, rica y vívida, desde fuera de los códigos de la cultura, e instala una visión paradojal: de ajenidad, deslumbramiento, e identificación. El trabajo estilístico no está centrado en sí mismo. La técnica de una novela es la que, como a la música, la hace respirar, pero una novela no se reduce a sus recursos. Igual que en la historia de Latorre, en que dos personajes buscan atarse al mundo, los de "Nudos", discurren en los suyos y cada uno guarda un nudo no dicho, algo no resuelto que los vuelve sobre sí mismos, sobre sus acciones cotidianas: de uno y otro lado, los personajes viven a partir de algo que se salvo de un lejano desastre, un naufragio apenas aludido en algunas acciones, como aquellas con que está escrita "Los pichiciegos". En Prisioneros de una noche también hay varios mundos superpuestos en capas: la ciudad, la multitud indiferente, los inaccesibles negocios, los sujetos temibles, pero los únicos mundos individuales que buscan atarse a ellos mismos y a ese otro de la multitud, no podrán hacerlo. "Nudos" en cambio, transcurre siempre durante el día. Hay claridad afuera pero hay oscuridad adentro. Las únicas escenas nocturnas tienen que vez con un territorio propio y uno mágico: El Chiro (llamado Juan Martín, apodado Chirola, y luego Chiro, en una designación que va atomizándose) se refugia en una casilla de gas abandonada para leer, y la luz de una luna llena, se filtra por las canaletas de la puerta marcando una trayectoria que es como un signo indescifrable. En otra noche hay un accidente en la chatarrería de los Rodríguez en que sucede un milagro. Mundos paralelos y divisiones En la dualidad planteada por la novela, los cactus, como muchas personas, pueden resistir las condiciones más adversas, pero el texto finaliza en un cactus que florece. Perros y pájaros (que no los hay en Prisioneros de una noche, despojadaza de toda presencia entrañable y de toda adherencia a la que aferrarse) no son sólo auxiliares en la narración no narrada, sino dicha por las voces de sus personajes. No se constituyen como personajes, desde el punto de vista de la naturaleza de la obra, por que no hablan. Pero sí lo son porque portan acciones y trabajan, ya cercando, como las alarmas, el mundo de los personajes (el Pitbull, el Bull Terrier) o siguiendo su destino incierto: el perro de las islas, el Berganza, del Chiro. Cumplen esa función, pero no se agotan en ella: conocen la vida de sus dueños, advierten otras presencias, y paralelamente viven su propia vida, imperceptible para los humanos: ellos, no buscan atarse al mundo, no lo necesitan. Incluso el Berganza tiene un mundo: el de la casilla de tubos de gas. Son los humanos quienes están a la deriva y buscan llegar a una orilla, o permanecer aferrados a aquella en la que están, por más estrecha que sea. Probablemente no haya ninguna otra novela con un registro similar: el viejo y los perros pasan una y otra vez: su territorio es la calle y existe una paz en ese tránsito: “Por la calle que pasa frente al parque el viejo del changuito y la barba gris cuasi azul avanza rodeado por sus perros. Elmer aúlla desde el otro lado de la reja. La Meli Abril, ahora de panza curva y mamas inflamadas, alza el hocico como oliendo el aire, se detiene un instante, y luego vuelve a retomar su trote” (pág.193). También los pájaros, caranchos en las islas, chimangos volando en círculos, y benteveos en el jardín, son indicadores de lo terrible y del raro instante de plenitud. La zona inexplicable Aunque sus recursos parezcan propios del realismo, "Nudos", del mismo modo que Dodes Ka Den (1970), de Akira Kurosawa, no es una obra realista sobre un barrio marginal. Igual que en la película, hay una dicha invisible e incomprensible en la fealdad, en este caso, en la chatarrería de los Rodriguez, donde se celebra una alegre fiesta: el mundo del otro lado de la ruta no es un mundo clausurado, sino justamente aquel iluminado por el milagro. El de la extraña comunicación entre El Chiro y Marisa, la niña autista, el despertador que suena solo, la lectura, el habla, la audición y los dibujos extraños, discurren en una zona indescifrable, y las razones aportadas por el texto, deliberadamente, no alcanzan para dar cuenta de lo que sucede. En Prisioneros de una noche, la realidad es un cerco, y las vallas, son infranqueables. No podemos renunciar a lo experimental en una obra. Tampoco reducirla a un experimento. En todo caso, se trata de una exploración formal, sin la cual el género se estandariza y al hacerlo, pierde la posibilidad de generar lecturas. Si la tiene, podrán pasar los años y siempre habrá un mensaje nuevo. Si no la tiene, estaremos ante uno de tantos productos de los fabricados en serie y que hacen las veces de literatura, o de cine.