Flavia Costa - Clarín


La literatura argentina más actual–esa que ha sobrevivido a los relámpagos de la crisis, la caída de las editoriales, la atomización de la práctica literaria– ha reciclado a veces con poca fortuna el viejo debate que opone a una literatura más narrativa, de trama, contra una literatura que apostaría todo al lenguaje y a la suspensión de las referencialidades y la representación. Hay libros, en este contexto, que parecen tramados con la solapada intención de tomar una posición en ese debate y decir, por ejemplo, “aquí hay un libro que cuenta una historia”. "Las anfibias", primera ficción de Flavia Costa, es de esos libros que, por accidente o por diseño, superan el debate. Al no poder leerse desde ese paradigma binario y cerrado, lo vuelven obsoleto e inútil. "Las anfibias" es un libro raro. Erigido como una especie de utopía invertida, narra la vida en Beliston, un lugar fuera del tiempo y del espacio, que se le puede antojar al lector como una ciudad antigua semidesértica o como una sociedad de un futuro en el que la civilización actual se haya ido desintegrando. La novela está casi en su totalidad narrada en presente, lo que le confiere al relato una sensibilidad un poco alucinada pero precisa, quirúrgica. Según Juan José Becerra, podría ser “un aleph al revés: ningún tiempo, ningún espacio”. Quizás en la lenta arquitectura de ese tiempo congelado esté una de las claves de lectura: como si en esa quietud, en ese fresco que no necesita avanzar hacia atrás ni hacia delante, la escritura vaya encontrando sus quiebres para ir contando un mundo. Los personajes de este mundo suspendido (las gárgolas, las niñas rapadas) abren la posibilidad de leer el libro en sintonía con algunas otras ficciones, como los libros de Mario Bellatin y las películas de Lars Von Trier. La analogía con Bellatin se puede pensar por el uso compartido de esos imaginarios locales que se pasan entre generaciones, por esos rituales que son, cuando se vuelven extremos, pesadillas mitológicas. Con el cine de Lars Von Trier, en cambio, se puede proyectar un paralelismo más solapado: la construcción de un ambiente donde aparentemente no sucede nada, y donde sin embargo sucede demasiado. Habría que mencionar también la prosa, como si Las anfibias no fuera sólo una novela que imagina un mundo sino también un modo de ensayar un lenguaje para ese mundo. Becerra, en ese sentido, habla de la frase como unidad de sentido: “la frase haciendo un mundo que no está en ningún lado, o está desapareciendo”. La escritura de Las anfibias es difícil de apresar, porque se debate en un doble movimiento: por un lado se concentra, se reduce a su puro hueso, y por el otro se dispara, se escurre. En ese sentido es interesante leer el libro a partir de una nota que cierra el volumen. Ahí la autora consigna que lo que acabamos de leer “contiene citas, casi siempre modificadas”, de una copiosa lista de autores, desde Luis Chitarroni hasta Sófocles. En ese loco laboratorio en donde todo se recicla, el narrador podría ser un guante blanco, discreto y preciso, cuya verdadera tarea sea finalmente la de acomodar todas esas voces y darles un cauce. Así, esta novela se puede leer también como un caleidoscopio de tratados, como si en esa profusión de saberes intervenidos entrara la filosofía, la literatura, la antropología, la lingüística. El vertiginoso desafío moderno: la novela como un discurso que lo puede incluir todo. Si nos quedara espacio para mencionar una ultima cuestión, habría que hablar de los personajes femeninos como un elemento vertebral de la novela. Porque si pensamos "Las anfibias" como los restos, las huellas de un mundo antiguo, habría que sentenciar que ese mundo estuvo fundado, por qué no, por mujeres. El de "Las anfibias", ese universo rarísimo, a veces duro, a veces lírico, es un mundo femenino, y quizás ahí esté su belleza última.