Carolina Esses - Clarín


Que la división entre géneros literarios es simplemente una convención que nada tiene que ver con el lenguaje, no es nada nuevo. Ahí están los grandes para demostrarlo: Di Benedetto, Macedonio Fernández, por nombrar sólo un par. Sin embargo y a pesar de que la poesía argentina de los últimos años sí pareciera, muchas veces, asumir recursos propios de la narrativa (trama, argumento, etc.), esta última, por el contrario, no parecía tan permeable al lenguaje poético. Por eso es interesante detenerse en algunos libros publicados recientemente donde se ve la construcción de una estética distinta. Es el caso de “Las anfibias”, de Flavia Costa, (Adriana Hidalgo, 2008), “Frío en Alaska” de Matías Capelli (E. Cadencia, 2008), “La sombra del animal”, de Vanesa Guerra, (Bajo la luna, 2008) y “El molino”, de Mariana Docampo (Bajo la luna, 2007). En cada uno de ellos se lee algún desborde, un leve o exasperado desacomodamiento, cierta incomodidad en relación al lenguaje que hace que queden desestabilizadas categorías como la de personaje, narrador o verosímil. No es de extrañar, entonces, que un epígrafe de Clarice Lispector abra el libro de Capelli. Ni que Docampo y Guerra encuentren en ella un referente de experimentación y búsqueda –¿cómo narrar después de Lispector?, se preguntan– o que en el “Post Scriptum” de su novela, Costa la nombre como una de sus fuentes de inspiración. “Escribir es una piedra lanzada a lo hondo de un pozo”, decía la autora en “Un soplo de vida”. Estos narradores parecieran asumir el vértigo de esa piedra, la pregunta por la narración, ajenos a las expectativas que suelen abrir categorías como novela o relato. Una niña rapada, su padre, un centinela, mujeres llamadas anfibias son algunos de los personajes de la novela de Costa, heredera de los universos mitológicos o de la imaginación de Ursula K. Le Guin. En los depurados fragmentos que conforman los capítulos, las palabras adquieren su valor más extraño –y por extraño más alejado de su connotación habitual. Como si a la hora de escribir su primer libro de ficción Costa –periodista, investigadora– quisiera quitarle al lenguaje todo su valor utilitario, manifestando su capacidad de nombrar, como la primera vez, a través de un castellano donde conviven tanto neologismos como expresiones que remiten al español peninsular. ¿De qué idioma se trata? La respuesta podría estar en la belleza de las mujeres de Beliston, esa región donde se imagina la historia, una belleza desfasada, ambigua y extraña, similar a la de textos como “La araña”, de Lispector, o más cerca aún, “Los días sentimentales”, de Nicolás Peyceré. Al igual que en el caso de Docampo, en Costa surge, inevitable, el nombre de Diana Bellessi como una presencia importante –ella también, tan cercana a Le Guin– a “Me gusta pensar la ficción como aquello que se perdió”, dice Guerra. La afirmación sirve para entrar, también, en la narrativa de Capelli, quien destaca entre sus lecturas a Marcelo Cohen. Las lagunas de la memoria, la dispersión, un estado de la conciencia suspendida por el alcohol o el sueño son recursos que el escritor utiliza para poner en cuestión la posibilidad de registrar lo real. Cada relato se construye superponiéndose o completando el anterior. Las frases plantean ciertas elipsis –la ausencia de determinados nexos causales, por ejemplo– que las hacen más cercanas al lenguaje poético que a formas propias de la narración. Quizá se trate de seguir ese “principio de incertidumbre” que da título al primer relato y que remite al nombre de uno de los libros de Joaquín Giannuzzi (“Principios de incertidumbre”) cuya poesía fue decisiva para toda la generación de poetas con la que Capella se formó: “Leí bastante poesía argentina contemporánea, de los últimos 15 años, y en muchos casos encuentro ahí cosas más interesantes que en la narrativa de los mismos años”, comenta. Como el personaje, siempre desfasado, el lector debe volver constantemente sobre sus pasos para comprender que el argumento se encuentra, al igual que el recuerdo, plagado de fisuras. Mariana Docampo comparte con Guerra la pasión por Sara Gallardo, y con Capelli y Costa la influencia que proviene de la poesía. “Separada de la poesía, la narrativa pierde su posibilidad de vuelo”, dice. Quizás de los tres, su novela “El molino” sea la que más se acerca al género. Pero sólo en apariencia. Porque de lo que se trata es de poner al descubierto la máquina realista –esa que Balzac y Stendhal y más tarde Flaubert armaron y desarmaron para sorpresa del lector ingenuo– a través de la voz de una niña que cuenta su infancia con el distanciamiento de un narrador omnisciente. Los personajes –la madre, el padre, los muchos hermanos– se mueven, por momentos, como caracteres manipulados por una mirada naturalista que no tarda en develarse artificiosa: la escena de escritura presente en la novela remite a la de una cartógrafa que arma y desarma el recuerdo. La pregunta es por el objeto de la narración y por el yo como centro ordenador del relato. Desenmascarado el artificio realista, lo que queda es un aparato discursivo que la novela explora al máximo. Lejos de divisiones generacionales (Guerra es del 65; Capelli, del 82) lo que une a estos escritores es la construcción de un proyecto narrativo cuyas filiaciones se encuentran en caminos que no son los más transitados dentro de la última narrativa argentina. El resultado son textos en los que los elementos del relato aparecen entretejidos, escondidos o asomados detrás de la porosidad de un lenguaje cuyos matices y potencia poética nunca se deja a un lado la hora de pensar, cada una, su escritura. El universo de Macedonio Fernández, el humor de la prosa de Alejandra Pizarnik o el trabajo con la palabra de Sara Gallardo en la novela Eisejuaz, son algunas de las líneas hacia atrás que se pueden trazar partiendo de los cuentos de Vanesa Guerra. Relatos donde el narrador –siempre diferente– se disuelve en una multiplicidad de voces que remiten a la formación psicoanalítica de Guerra. Y no está mal regresar un poco a un yo múltiple en medio del auge de las llamadas autoficciones (relatos en primera persona, realistas y generalmente autobiográficos) que invaden la producción de jóvenes y no tan jóvenes escritores. Como contraposición a esa primera persona la opción es regresar al estallido del yo; como contraposición al argumento pensado como motor del cuento, la escritora se detiene en la construcción de estados de ánimo que se desarrollan en los claroscuros del discurso –a veces prosa, por momentos verso– sin perder de vista la tensión de la trama.